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prisión, cuando en una de sus intervenciones llegó a pronunciar: EL DÍA QUE LOS
HOMBRES CALLEN, LAS PIEDRAS GRITARAN. En la prisión, los hombres se
vuelven mudos, ciegos y sordos y los muros que la protegen, son esas piedras que gritan
sin cesar.
Sufría viendo padecer a Cristo colgado en aquella pared. Me parecía verlo
retorciéndose de dolor en aquella oficina del director de la prisión, encarnado en el
material del cual lo habían fabricado. Y quién podía suponer que bajo la presión del
estremecimiento que su martirio suscitaba, esa ficción se pudiera confundir con la
manifestación visible de la misericordia divina. En lo que a mí concierne, considero que
perdí un valiosisimo tiempo en descubrir por qué. La razón es muy obvia, consiste en
que Cristo no tiene ninguna escapatoria por encontrarse sujeto a la cruz, con clavos en
sus manos y pies, uniéndolo al mismo material del que lo habían hecho. Pero esto no
era todo, la verdadera razón consistía en que la cara de sufrimientos que reflejaba este
Cristo, para mi se convertía en el rostro de la tortura y la miseria humana, no sé por
qué, ni con qué autoridad moral los que presumen de humanistas, hablan de derechos
humanos.
En aquel entonces, pensaba que Dios se encontraba prisionero, torturado y
crucificado por que había cometido un delito muy horrendo, lo que las autoridades
penitenciarias llaman, “faltas muy graves contra el reglamento de la prisión“. No puedo
negarlo: El descubrimiento de lo que representaba aquel Cristo me dejó aterrorizado,
pero a la vez me colmó de mucha confianza y seguridad para con lo real y verdadero.
Desde entonces, Cristo representa para mí, la imagen misma de todos los seres que se
encuentran prisioneros. Durante mucho tiempo me ha conmovido toda esta relación
irreverente pero a su vez purificadora. Todo este complicado mecanismo en sociedad es
lo que me ha inducido a razonar, después de muchos años, lo que realmente significa
Jesucristo para los que están prisioneros. Y no puede significar otra cosa sino que el
prisionero en ningún momento esta solo. Siempre me siento en compañía del, por lo
tanto no me siento solo, sino que es él y yo, que somos dos amigos y compañeros de
infortunio. Sin embargo, aquí en la prisión donde él me hace compañía, continuo
viéndolo sufrir y agonizando; Sigo viéndolo mártir y sacrificado. Jesucristo se
encuentra prisionero por que él me hace compañía aquí en la prisión.
En estos instantes ha llegado un guardián para llevarse a Jairo Castillo, quien corre
hacia los baños y se echa agua en la cabeza, comienza a peinarse. Es una patanería que
piense en peinarse llevando varios días sin rasurarse, sus inseparables cotizas los
pantalones rotos y un suéter mugriento y maloliente que parece que trapeara el pasillo
con él mismo. Aun con todo ese aspecto en su presentación personal, en su cuerpo
robusto se ilumina una cara alegre y varonil, tal vez iluminada en este instante por la
irreprimible alegría de un presentimiento que le proviene al suponer que dentro de muy
poco su olfato dejara de inhalar el aire nauseabundo que se respira en cualquiera de los
pasillos de la prisión. Jairo muestra en estos momentos un aspecto de descuido y
abandono que viene a contrastar en una forma muy especial con la atildada y decorosa
apariencia de Mecié Dubá. Este siempre usa corbata y por nada del mundo se despoja de
su saco. Muchas veces nos ha hecho saber que prefiere vivir sin pantalones, pero que sin
saco mejor opta por morir. Otra prenda que jamás deja es su sombrero. Solo por las
noches, en las horas de dormir, prescinde de todas estas prendas.
-- Soy un GENIALHOMBRE. Nos comenta en le pasillo. Un GENIALHOMBRE debe
permanecer siempre impecable, bien vestido con el último grito de la moda aún estando
en el interior de su apartamento.