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-- Mecié Dubá. Por favor, si usted quiere le puedo dar mis zapatos. Dice Jairo en tono
implorante. ¡Pero hágame ese favor sí!
-- ¡Sus zapatos! Ni teniendo diez argollas dentro alcanzarían a valer los doscientos
pesos.
-- Entonces recíbame mi Cristo, pero hágame ese favor, será algo de lo que le quedaré
agradecido toda mi vida, le aseguro que no tendré como pagarle.
-- Entonces... Siendo así, no le prestaré nada. Le dice Mecié Dubá.
Jairo introduce la mano en el bolsillo de su camisa y saca un crucifijo de acero, atado
a una cuerda de nylon. Por sus gestos, se puede notar a simple vista que sería a lo último
que recurriría, tener que desprenderse de su Cristo para poder obtener el dinero,
extiende su mano para entregárselo a Mecié Dubá.
-- Tome... Pero por favor, cuídemelo ¿Sí?
Mecié Dubá no lo acepta. Siempre sucede lo mismo cuando tiene que hacer un favor.
Primero pronuncia un intenso discurso e impone una serie de condiciones y requisitos.
Pero finalmente termina prescindiendo de todo eso y haciendo los favores que le
solicitan los prisioneros, con gran generosidad e hidalguía, razón por la cual goza de un
gran respeto y aprecio dentro de la prisión, tanto en el pasillo o cualquiera de los patios.
Mecié Dubá es un prisionero supremamente amante de la lectura, pero es más amante
aún de la literatura que precede al empréstito, sin determinar el beneficio posterior, no
sus frutos futuros.
-- Muy bien, si no tiene nada más que su Cristo, entonces puede guardárselo. Termina
diciendo Mecié Dubá. Tendré que ingeniármelas para lograr recuperar mi dinero.
Todo esto no deja de ser más charlatanerías de Mecié Dubá, porque él jamás cobra lo
que presta, si le pagan, pues él no dice que no, pero si no le da lo mismo. Jairo toma su
Cristo y lo guarda en el mismo bolsillo junto con los doscientos pesos. Con un gesto en
su cara que no parecía de él, completamente distinta a la que antes perseguía a Mecié
Dubá, en sus ojos se puede leer cuanto está agradecido.
-- Jairo... Dígame una cosa, ¿para qué quiere ese dinero? Le pregunto.
-- ¡Pero qué pregunta hace usted Elí! Para qué más puede ser, sino para mandarle a sus
esposas. Interviene Gustavo, sonriente como siempre.
Fue este episodio, tal vez por todo ese lío de la compraventa frustrada entre Jairo y
Mecié Dubá, como también la exhibición del Cristo, que me ha traído al recuerdo algo
relacionado también con un Cristo que mantenía en oficina de la prisión dirigida por mi
padre. Precisamente frente a su escritorio, en la pared, permanencia colgado este Cristo
de un tamaño regular, nunca llegué a saber de que material lo habían fabricado; Pero
de lo que sí tengo la plena seguridad, es que se trata de una verdadera obra, para
cualquier crítico de arte, con una gran calidad artística y cimentada en esa
conmovedora y muy nutrida sensibilidad espiritual.