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Cuando se llevaron este putrefacto cadáver prisionero, sobrevino a mi mente infantil
una idea muy horrorosa y macabra. Sin saber por qué razón, tenia la seguridad de que
este prisionero muerto, jamás tendría entrada al cielo, por llevar adheridos los grillos y
las cadenas como una forma de exhibirse ante los demás muertos. En aquellos tiempos
tenia yo la creencia de que en el cielo, junto a Dios, no podían admitir a ninguna
persona que presumiera usando grillos ni cadenas. Este muerto y prisionero a la vez,
Estaba predestinado, según mis creencias, para formar parte de los que integran el
infierno haciéndole compañía a Satanás, lo que más me desesperaba y me
intranquilizaba, era lo que pudiera sufrir con el fuego candente del infierno,
poniéndoseles estos objetos al rojo vivo el metal del cual están hechos los grillos y las
cadenas que luce en sus pies y manos, este infortunado prisionero triplemente
condenado.
La mentalidad burocrática, fría e inescrupulosa del director de la prisión, como ya
saben mi propio padre, lo impulsó a decir:
-- Bueno, me tocará inventar una coartada para poder justificar la desaparición de esos
grillos que se llevo el prisionero muerto, pues de lo contrario, me pueden empapelar,
porque estos figuran en los libros de inventarios como parte de los vienes de la prisión,
entre los pocos que poseemos los libros de inventario, relacionados con los bienes del
presidio, en los que se puede aceptar que falte un prisionero, pero si es imposible que se
extravíen los grillos, menos en compañía de un prisionero muerto. Quedó pues la
constancia en los mencionados libros con todos sus requisitos y las debidas acusaciones
póstumas, descargando toda la culpa contra el prisionero muerto, haciéndolo pasar
como un ladrón porque vulgar se había llevado a su tumba, parte de los bienes del
presidio, en este caso, los grillos y sus respectivas cadenas, pero aún le agregaron algo
más, que el muerto había pedido esto, como su último deseo.
Este obsequioso subdirector, puedo recordar que su nombre era Dionisio Justo, de
quién siempre he podido evocar claramente, casi podría decir, audiblemente su
característica manera o estilo de hablar; Su lenguaje no resulta muy sólido, como puede
ser el lenguaje de cualquier hombre que hable nuestra lengua. Los prisioneros lo
llamaban “ Lengua he Trapo “. Tenia una voz como prestada, lo que pronunciaba su
boca eran palabras mojadas o vanas que se las lleva el viento. Dicho en otras palabras,
todo lo que hablaba era simplemente desecho, basura. Las palabras que él pronunciaba
se disolvían en el aire como burbujas de jabón. El timbre de su voz, era como las falsas
lágrimas de una mujer celosa.
Algo idéntico al botadero de basura donde todo es una porquería que devoran los
gallinazos, solo vienen a quedar los desperdicios de esa carroña. Jamás he podido
olvidar su nombre, ni su modo de ser. Es un verdadero sátrapa y un ejemplar verdugo
servil. Pienso que el mejor calificativo para esta semejanza de hombre, es que a él no lo
trajo al mundo la cigüeña, como solían hacerle creer antiguamente a los niños, sino que
fue traído por un volcán.

CAPITULO V

Siendo muy temprano aún, Jairo comienza a importunar a Mecié Dubá. Sin mediar
palabra alguna lo sigue, pero con la mirada y lo vigila incansablemente.