LOS OPRIMIDOS.pdf

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-- Siempre que usted comienza a mirarme de esa manera. Le dice Mecié Dubá. Es
porque algo desea de mí. ¿Qué es?
-- Usted parece que fuera pitoniso, Mecié Dubá. Siempre adivina mis pensamientos.
Efectivamente, necesito su ayuda. Dice Jairo en tono suplicante.
-- ¿Cuanto?
-- Bueno verá usted, ¡quinientos pesitos!
-- Eso es demasiado, con ese dinero ya estaría borracho. Le puedo prestar doscientos.
-- Por favor, Mecié Dubá, es que necesito los quinientos.
-- Pues... Entonces tiene que ir a conseguirlos en otra parte. ¿Por qué no le dice a uno?
-- Por lo mismo le estoy diciendo a usted.
-- Si... Pero lo que he querido decirle es que le diga a uno que tenga dinero; ¡Además,
para eso necesito que me deje alguna alhaja de valor en garantía!
-- Ya me lo suponía, es usted un agiotista.
-- No faltaba más, sino que usted no lo supiera. En la prisión el dinero se cotiza a la par
del dólar, aparte de sus consecuencias. Tiene doble precio; uno por el riesgo y otro por el
que se beneficia.
Sonreído, Mecié Dubá saca de su bolsillo la billetera, la cual mantiene llena con
papeles viejos y de entre todos esos papeles extrae un billete de doscientos pesos.
-- Es lo único que tengo. Le dice. ¿Y cual es su prenda para garantizarme el reembolso?
-- A decir verdad, Mecié Dubá, no sé, tal vez le dé un anillo, que es el único objeto de
valor que poseo. Le dice Jairo. Es mi argolla de matrimonio.
-- ¿De cual de todos sus matrimonios? Si no es una imprudencia, ¿pudiera usted
decirme?
Jairo sonríe, seguramente tiene su pensamiento muy lejos de aquí, un poco más allá
de los muros de la prisión, donde se encuentran sus dos mujeres.
Mecié Dubá continua:
-- De todos modos, se lo he dicho varias veces, no recibo como prenda de garantía
ningún objeto que sea de oro. Ese metal me causa el ¡daño de tirar por el suelo mi
criterio y mi moral! Me trae malas ideas a la cabeza, me impulsa a buscar la manera de
fugarme de la prisión. Hace mucho tiempo a tener que continuar sometido a las órdenes
del dios oro.
