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horas, aún después de volverse añicos su cuerda, como las aspas de un molino de viento
que giran y giran incansablemente. Lo que no deja de intrigarme, por lo curioso, es que
el ser humano no lo sorprenda lo natural, cotidiano y terrible, como viene a ser la
muerte, pero si nos viene a trastornar una simpleza insignificante e inesperada, como lo
es ver estornudar a un cuerpo sin vida. En ningún momento sentí miedo de este
prisionero porque hubiera muerto o no, para mí eso es cosa natural. Pero no puedo
negarlo, sentí más que miedo, un pavor escalofriante de sólo ver aquel cadáver
estornudando continuamente y sin saber que hacer para detenerlo.
Después de haberle prestado atención a Mecié Dubá y haberlo oído hablando de
prisioneros que después de muertos estornudan y todo su relato misterioso y tenebroso,
he podido recordar que en la prisión en la cual mi padre fue director, pude observar una
vez algo también aterrador que nunca he podido borrar de mi mente. Que aunque no se
trate de un caso similar al presenciado por Mecié Dubá, si tiene mucha relación por
tratarse de un prisionero Aún después de morir y haberlo sepultado, continuó tres veces
prisionero.
Puedo recordar como si hubiera sido ayer en aquella prisión dirigida por mi padre, uno
de los prisioneros falleció a consecuencia del cruel castigo que recibió. Y lo peor, es que
a este pobre condenado le tocó morir con los grillos atados a sus manos y pies. El
despiadado castigo que le fue impuesto, consistió en permanecer con los grillos puestos
por espacio de varios meses y para un mayor cumplimiento de tal suplicio y mejor
comodidad de la guardia, anulaban las cerraduras, un individuo, con un equipo de
soldadura eléctrica, sellaba como sellar una reja, los grillos de los prisioneros con la
doble intención de que psicológicamente la pena corporal que estaba padeciendo,
pudiera pesarle aún más en el alma del tres veces prisionero. En el caso de este reo,
había que hacer algo y muy rápido, porque su cuerpo ya se encontraba en avanzado
estado de descomposición. Los prisioneros que mueren es muy poco el tiempo que duran
en descomponerse, inclusive aquellos grillos que significaban parte de su cuerpo,
comenzaban a esparcir un olor a metal putrefacto, un olor no en fundición, sino en
defunción. Unas enormes moscas verdes, que en ocasiones cambian de color o se visten
de morado, color este que utilizan para ceremonias especiales, algo así como una fiesta
de gala con vestidos de etiqueta, que lo viene a significar para ellas en olfatear los
cuerpos muertos en estado putrefacto, revoletean emitiendo estruendosos ruidos y
caminan como explorando golosas, en los labios y las carnes maltratadas por los grillos,
en las manos y pies del prisionero fallecido.
El encargado de manejar el equipo de soldadura, con el cual se le debían retirar los
grillos al muerto, es un empleado oficial de esos que viven más borrachos que celador de
alambique y había desaparecido del pueblo sin dejar ningún rastro. En razón de todo
esto, el director de la prisión, tomó la determinación de sepultar al prisionero con los
grillos y cadenas sellados a sus pies y manos. No había tiempo que perder, sino proceder
lo más pronto posible. A mí me tocó presenciar todo esto cuando lo pasaron por la
dirección del presidio.
Lo llevaban en un cajón de madera fabricado con tablas rústicas sin cepillar y
amarrado todavía con un lazo, como si aún tuvieran sospechas de que se tratara de un
plan para fugarse; y cubierto con un pedazo de sábana que solo alcanzaba a cubrirle la
mitad del cuerpo ya mal oliente. Nunca antes, ni después, he vuelto a ver un prisionero
tan atrozmente prisionero como este hombre, más aún siendo un indefenso cadáver: Era
como si estuviera tres veces prisionero: Prisionero de sus manos, prisionero de sus pies y
prisionero su cuerpo en las garras de la muerte.