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inhumano y pestilente de los calabozos. Hoy en día, el castigo para los prisioneros que
cometen alguna falta es un aislamiento celular, consistente en que el prisionero pasa
aislado a una celda pero con su colchón y sus cobijas. No hay muerte pues a plazos,
como en otras épocas, cuando el hambre dosificada en raciones evangelizadas
basándose en pan y agua. Ahora se disfruta, al menos en esta prisión, en cierto modo de
algunas comodidades cuando se cuenta con la suerte de ser asignado a uno de los
pabellones comunes que poseen con una serie de comodidades y prerrogativas, tales
como cafeterías y amplios pasillos donde los prisioneros pueden pasar los días
saboreando nuestro café y conversando en un ambiente de camaradería.
Son salones inmensos con gran hacinamiento de estiércol humano, algo comparable a
un depósito de chorizos, pero en este caso humanos, rellenos con carne de presidio. Se
puede hacer menos cruel el recluimiento, cuando disponemos de algunos desvaluados
pesos para comprar mediante el amparo o protección del reglamento, por medios ilícitos
muy oscuros, algunas ventajas o comodidades adicionalmente a nuestro favor.
Mecié Dubá es un prisionero que jamás protesta por nada de esto. Algunas veces nos
ponemos a comentar sobre todas estas cosas y en una de esas conversaciones me dice.
-- Al menos aquí, no he visto que uno pierda la cabeza.
-- ¡Nooo, sin embargo son muchos los prisioneros que se vuelven locos, que se les corre
la teja! ¿Usted no ha estado en el patio quinto? Le digo. ¿No los ha visto como se
comen los ratones? Les chorrea la sangre por la boca porque se los comen crudos. Eso
no lo hace un ser que se encuentre en sus cabales.
-- Bueno, no me refería a eso. Responde Mecié Dubá. Lo que quiero decir es que aquí
por lo menos uno puede sobrevivir. Recuerde usted que Juan el Bautista, es lo que dice
la leyenda, fue encerrado en un subterráneo y de sobremesa fue decapitado, quiero
decir, le cortaron la cabeza.
Nos encontrábamos en esta vaga conversación cuando alcanzamos a darnos cuenta
que a Jairo Castillo, le ha sobrevenido un ataque de estornudos. Son ráfagas
continuamente, lo que realiza con gran comicidad y se limpia la nariz con un pañuelo,
el cual lava diariamente y lo somete a un secado artificial encima de su cabeza.
Arrugando la cara en espera del acceso de estornudos que debe sobrevenir en el
momento menos esperado. Gustavo se dedica a observarlo, a su vez suelta una
carcajada:

--¡Ja Ja Ja! Creo que usted está con un tremendo resfriado. Le dice:
-- A mi no me parece correcto su diagnostico. Replica Mecié Dubá.
-- ¿Porqué? Interroga Gustavo.
-- Pienso que usted esta exagerando. Puede tratarse de una simple alergia, es posible que
se trate de algo menos insignificante.

-- ¿Pero qué le hace pensar que no pueda ser un resfrío?