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Todos comprendieron en el acto que me encontraba de mal humor y no se volvió a
mencionar las rosas ni nada que tuviera relación con ellas. Creo que debido a esto, me
da la impresión que Gustavo mira el jardín como su propio epitafio, al parecer, da la
sensación de que las tiene sobre su propia tumba.
Continúo pues, regando mi jardín, porque en el pasillo soy quién desempeña las
funciones de jardinero. Las rosas comienzan a envejecer, aun que continúan altivas con
sus fallecidas venas de savia postiza, sus pétalos que siguen en el mismo estado como si
estuviesen disecados, con un color como de sangre artificial, muy comparable a la falsa
sangre que usan en esas películas de terror. Varias gotas de agua quedan temblando
como lágrimas por un instante y penden de todos sus tallos. En este improvisado sitio, la
misma tierra parece estar revelada contra nosotros mismos, porque a simple vista se
nota el fraude de nuestro insólito cultivo y sus improductivas ganancias.
Utilizando los gruesos barrotes de una de las ventanas que se encumbran
desorbitadamente por la mugre y oxido, con una posición bastante incómoda, echo una
mirada a través de las rejas. A un lado, en una garita, un guardián escribe a la luz de un
reflector. Ni siquiera para escribir suelta su arma. Su escritura artillada le da un aspecto
muy cómico. Tiene los mismos rasgos de un retrógrado notario militarizado o el estilo de
un sátrapa general en uso de buen retiro y entregado a escribir sus memorias. Atrás, en
una celda, un catre cruje. Alguien se despierta. Por estar su celda seguida de la mía,
puedo darme cuenta que quién se agita, hace sonar el catre, es Jairo Castillo.
Día tras día, las cosas transcurren del mismo modo, sin ninguna variación. Soy el
primero en levantarme y realizo obligatoriamente mi inspección a través de la burda
ventana, que viene a ser en sí, la única forma de cerciorarme que aún existe el mundo
exterior. El segundo en levantarse es Jairo Castillo, quién también se dirige a la ventana
y, entonces, los dos empezamos a conversar.
Nuestra conversación da pie a que Mecié Dubá. Aún medio dormido, se dedique a
echar indirectas, maldiciones en un idioma francés y castellano, muy complicado de
entender. La indignación de Mecié Dubá, da lugar a que Gustavo se le asocie a sus
gruñidos y protestas, pero este último si en concreto y punzante español, robustecido
todo esto con pintorescas frases de expresiones hirientes.
Quién siempre carga con la peor parte es Jairo Castillo. Sus comentarios inoportunos
e impertinentes sólo sirven para que todas las mañanas, Gustavo le recuerde de modo no
muy benévolo, que su costumbre de madrugar a perturbar el silencio proviene desde
tiempos en que Jairo se desempeñaba en las calles de la ciudad de Bogotá, desde muy
tempranas horas, cuando se dedicaba al oficio de comprar chatarra y botellas, donde
también vendía Decol.
-- ¿A todas estas qué horas serán? Interroga Jairo.
-- ¡Qué puede importar las horas que sean! Le respondo. Apenas está comenzando el día
y usted empieza a preguntar desde ya por la hora.
-- ¡Cayense carajo! Grita desde su celda Gustavo. No frieguen tanto y hagan silencio.
Un pintor sin futuro, embalador sin clientela, porque tiene que estar perturbando el
sueño de los demás.
Contrario a sus costumbres, Jairo se da media vuelta dirigiéndose a su celda, se deja
caer en su catre cubriéndose de nuevo con sus cobijas, para continuar durmiendo. Con
este gesto, no me queda otro recurso que regresar también a acostarme de nuevo. En el
monótono horario de la prisión, muy especialmente en el que los ratones vienen a
