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Mi padre no fue hecho para la carrera militar por ser un hombre pacifista porque en
sus tiempos no existían guerras y menos en la paz civil en que siempre ha vivido nuestra
provincia en la Costa Atlántica colombiana. Tanto así que mi padre tuvo que
conformarse con desempeñar un simple puesto de funcionario público administrativo,
de simple jerarquía regional ó en un máximo caso departamental. Desgraciadamente, el
único puesto que alcanzo a obtener fue el de director de una prisión, en un pequeño
poblado perdido en la región caribe. Desde los empinados picos de las montañas que
rodean las casas del caserío, los techos se divisan de un sólo color amarillo verdoso,
dando la impresión de ser granos de maíz regados al azar sobre la cumbre de la Sierra
Nevada.
Para aquel entonces yo tendría unos siete años, más o menos. Por diversas razones
tenía que visitar con demasiada frecuencia los predios de la prisión, porque aquí
trabajaba mi padre. Me tocaba ir obligatoriamente para poder reunirme con él. Al salir
de la escuela, después de mis clases, prefería visitar la prisión en lugar de dirigirme
indefenso y melancólico a la casa triste y solitaria de mi madre, a quién a duras penas
alcancé a conocer, ella permanecía tristemente en la efigie de un enorme retrato que ya
empezaba a deteriorarse por el peso de los años.
Ajeno a mis propios deseos, me toco de este modo estar en contacto permanente con el
mismo ambiente penitenciario. Aún alcanzo a recordar que la prisión que en ese
entonces dirigía mi padre era una de esas prisiones que con sólo mirar su fachada le
produce a uno terror, además por saber que se encuentra habitada por una caterva de
monstruos asesinos que enlodaban mis sueños y mis creencias infantiles. Eso era al
menos la opinión que yo tenia de ellos cuando muchas veces en la oficina de mi padre,
en la propia dirección del penal, me rozaba inocentemente con estos rostros tenebrosos
que daban la impresión de estar barnizados con sangre para infundir y pregonar el
temible horror de la crueldad y el crimen.
En aquellos primeros años de mi vida, la prisión había sido en cierto modo, mi único y
verdadero hogar. Por las oficinas podía hacer y deshacer, jugar y vagar a mi antojo
incondicionalmente, al acecho de diminutos descubrimientos infantiles de mi temprana
vida, mientras mi padre lidiaba con los prisioneros y les impartía órdenes a los
guardianes que se encontraban bajo su mando.
Por las tardes nos dirigíamos a nuestra casa, situada en uno de los barrios aledaños a
la prisión, donde él se dedicaba a leer los diarios y en algunas ocasiones me ayudaba a
preparar mis tareas escolares. En la escuela, puedo decir que no contaba con ningún
amigo. En tales condiciones, jamás tenia con quién jugar y menos los demás niños se
atrevían a acercarse hasta nuestra casa.
Sentían pavor del sitio donde vivía el director de la prisión; significaba para los niños
el “coco” o penetrar hasta las mismas puertas del infierno. En su mayoría tenían mi
misma edad, pero no sé por qué, esto significaba una prolongación más de la conciencia
infame del verdugo.
Aquella casa vacía, sin ningún afecto, con un padre que muy desentendido de mis
problemas; Aquella casona donde la misma sirvienta me apocaba con sus indiferencias
serviles; al igual que la prisión prácticamente convertida en nuestra casa, sin mi madre
y sin mis hermanos, me mantenía OPRIMIDO el cuerpo y estaba agobiando mi alma.
De igual manera hoy que soy un prisionero, la prisión puede ser apenas una
prolongación también de aquel caserón triste y vacío donde viví y sufrí en mis años
mozos. Tal vez, como prisionero, estoy continuando una tradición familiar hereditaria.
Afortunadamente, en lugar de ser director de la prisión como lo fue mi padre, esa
tradición la he venido a desempeñar como un prisionero. Lo que hacia más intolerable
nuestra aterradora casa, era precisamente ese retrato de una mujer muy hermosa, piel