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los deteriorados y sucios zapatos míos, por que ni siquiera me tomo la molestia de
limpiarlos, mucho menos enbetunarlos. Me atrevo a pensar sin temor a equivocarme,
que sus preferencias por mis calzados, tal vez se deba al descuido proletario en que les
mantengo, que le viene a dar un aspecto comparable al basurero. Precisamente pienso
que por esto les encantan mis antihigiénicos zapatos. Bueno, de todas maneras, parece
ser que odiaran los relucientes zapatos de Jairo Castillo, quién todas las noches, los
acomoda con cierto escepticismo, debajo de su catre. Aún que los ratones visitan con
frecuencia su celda todas las noches, nunca han escogido los zapatos de Jairo para
dormir, como lo hacen con los míos. Pienso que su manera especial de acomodarlos,
lleva la esperanza no confesada de que los ratones pudieran llenarle los zapatos alguna
vez con el enternecedor y acariciante calor de sus cuerpecitos, en las frías noches
bogotanas. Lo que sí me atrevo asegurar es que el desprecio de los roedores por los
zapatos de Jairo Castillo, leo mantienen más que humillado día tras día, para él sus
zapatos, vienen a representar el conducto por donde fluye la tan anhelada libertad. Son
el milagro que tanto le pedido a la Virgen de las Mercedes, que un día habrá de sacar lo
de la prisión en el mismo tren que lo trajo a esta estación, sin el pago de ningún boleto.
Los lustra tanto y con tal exaltación, que da la impresión de ver reflejada la libertad en
el brillo de sus zapatos. Tengo la certeza de que Jairo no puede perdonarle a los ratones
ese desprecio que demuestran por sus impecables calzados, a los que les dedica todo el
tiempo para consevarlos rutilantes y muy bien cuidados.
A esta altura, del pedazo de lápiz no me queda sino un recortico, el cual me es
imposible agarrar. Afortunadamente, ayer por la tarde Gustavo me prestó un bolígrafo
muy fino, pero con la condición de que no escriba demasiado y le pueda gastar la tinta.
Le doy mi palabra de que no será por mucho tiempo, sino mientras puedo obtener otro
lápiz. También me toco prometerle que seré muy breve en todos mis escritos.

CAPITULO III

Nuevamente me encuentro al albor, en el mismo rincón donde un ensayo frustrado de
pared ha permitido dar lugar para que se coloque en ese sitio un galón plástico, donde
nos acaban de almacenar el agua, algunos otros recipientes destinados a la misma
labor. En sus celdas, los demás compañeros del pasillo duermen todavía. Aunque unas
enormes ventanas, enrejadas con unos enormes barrotes de hierro por los cuales se
divisa el patio, disipan con aire un poco la excesiva fetidez de nuestro encerrado sueño,
en el pasillo se respiran las peores atmósferas de las profundidades terrestres que nos
describe la geofísica. Aunque en cierto modo, sin embargo estas celdas no constituyen
una desgracia deformante, como en el caso de los calabozos de ésta y todas las prisiones
que yo mismo he visto y en donde fui muchas veces, no como prisionero pagando un
castigo, sino como hijo del director de un penal y quién ejercía la tiranía y la crueldad
en aquel inhumano lugar.
Después de bañarme, me doy a la tarea de comenzar a regar el jardín, lo que
caprichosamente llamamos así. Todos los que convivimos en el pasillo, hemos optado
por darle este denominativo, pero en realidad el tal jardín sólo lo constituye un rústico
florero con rosas artificiales que siempre dan la impresión de ser y estar vivas, pero sólo
son flores sintéticas. Se trata pues de esas cosas predestinadas a la inmortalidad, porque
no podrán morir jamás. De lo único que no me he podido enterar nunca, es de la forma
como estas rosas vinieron a parar a la prisión. Lo que sí puedo asegurar que aquí se