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Mi énfasis en amaestrar a las ratas es porque me parecen un símbolo apropiado de la
prisión para los reclusos, a quienes los llegaré a vender cuando los tengamos
domesticados. ¡Cómo se verán de hermosos, observarlos paseándolos encadenados, a
semejanza de quién saca su can de raza sofisticada por uno de los barrios del norte de
Bogotá! En lo que a mí respecta, el descubrimiento de las travesuras de estos increíbles
animalitos, los graciosos roedores, deshizo totalmente el milagro tan anhelado por mí.
Por un largo tiempo me fue imposible dejar de meditar que detrás de todo este misterio y
a la sombra de cada persona, puede existir la constante de un ratón que salta y se oculta
con gran rapidez en tono burlesco y misterioso.
Desaparecido este misterio y al reaparecer los ratones, fue como logré descubrir sin
dificultad ni tropiezos, por qué desde el primer momento me sentí identificado
totalmente con los roedores y ellos plenamente de acuerdo conmigo. Estos animalitos
que viven en el encierro y despreciados por casi todo el mundo, cuentan con muy pocos
que les demuestren la ternura, la comprensión y el cariño. En cierto modo, ellos se
encuentran en exactas condiciones a las mías. Son perseguidos por todo el mundo,
desde el gato en adelante. En la zoología social, no puede ser para menos encontrarme
de su parte. Mi solidaridad con ellos tal vez se deba a una prevención, por simple razón
de que en la historia de la humanidad han sido perseguidos como lo he sido en la
historia de mi vida. Tenemos un vinculo recóndito, tanto ellos como yo, pertenecemos al
mismo grupo de los que huimos por temor a caer en trampas... Se sobreentiende que
pertenecemos a la misma especie de los que nos toca huir por temor a ser cazados o
puede ser que hagamos parte de esas razas odiadas, de las que no tienen ni siquiera el
consagrado derecho de vivir y a las cuales todo el mundo extinguiría.
Tratando de no asustarlos, permanezco en silencio y solo me levanto cuando los
ratones han desaparecido. Eso sí, es muy temprano, puesto que no se nota aún la
claridad del día ni se siente ningún movimiento habitual en la prisión en estas primeras
horas. Al calzarme los zapatos, efectivamente puedo comprobar que aún están calientes
en su interior, pero es un calor de un cuerpo vivo, que a permanecido dentro y acaba de
abandonar lo que les ha servido de lecho. En absoluto, siento recelos ni algo parecido,
aunque Jairo solo hace comentarios que los roedores son muy asquerosos, que son
infecciosos, tan contaminantes como la misma loza donde come el leproso o un tísico.
Esto me lleva a discernir en algo más profundo, en mi concepto, al menos encuentro un
hecho sobresaliente en la propia existencia de los ratones, con características de
peculiaridad exclusiva en ellos.
Durante el día, mantengo puestos mis zapatos, como bien sabido es, desde que fueron
inventados fue para portarlos en los pies. Tengo que decir que de día los zapatos no
existen para mí, porque estos vienen ser parte de mí mismo. Afortunadamente, paso
desapercibido para ellos mientras los mantengo puestos.
Como es obvio, en todas las celdas del pasillo hay muchos zapatos aún mejores que los
míos, entre ellos los de Jairo Castillo, quién emplea todo su tiempo libre en fumar
cigarrillos (piel roja) tomar tinto y brillar sus zapatos. Los lustra constantemente, hasta
dejarlos como un espejo, deslumbrantes de brillo. Bueno, lo raro y sorprendente para mi
no consiste en que él los lustre continua y diariamente, lo que me sorprende de todo esto,
es jamás se los veo puestos, ya que siempre se mantiene con un par de cotizas, o sea lo
que llaman “alpargatas” y así pasa todo el día hasta por la noche, cuando rendido,
cansado de embolar los zapatos, se despoja de las alpargatas quedándose profundamente
dormido, cansado como un marrano gordo.
Pero estos ratones son tan sofisticados que no se les ha ocurrido jamás elegir los
higiénicos y brillantes zapatos de Jairo Castillo, sino precisamente que vengan a preferir