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--¿Jamás lo han descubierto? Le pregunto.
-- Ni podrán descubrirme mientras no me levanten esto. Asiente Mecié Dubá. Un
“tombo” le esculca todo a un prisionero, pero jamás se han atrevido a tocar mi barriga.
Ellos únicamente les tocan la barriga a sus mujeres, eso los que la tienen.
CAPITULO II
Una mañana me encontraba aún acostado en mi catre, cuando apenas abro mis ojos,
percibo el trajín constante, conocido y asta ya familiar. Dirijo la mirada hacia el suelo,
con dirección hacia las baldosas que a fuerza de no ser lavadas han perdido su brillo
original de color rojizo o tal vez se deba a los muchos años de funcionamiento. De bajo
de mi catre, están mis zapatos. Puedo notar algo raro en ellos, antes de descubrir cual
era la razón o causa secreta, una especie de energía desconocida que los impulsaba a
movilizarse por si solos, transcurriendo de tal modo una temporada que puedo
considerar la más feliz de mis días en prisión, si es que así se puede decir de estos siete
años que he permanecido en confinamiento. El estúpido letargo del encierro se rompió
por un largo tiempo con la perspectiva luminosa tal vez de un milagro inesperado. Mis
zapatos que caminaban por si solos representaban para mí el camino hacia el sueño y la
fantasía. Esto fue lo me invito a soñar como los poetas, a soñar con la anhelada libertad,
el halago de una vaga ilusión, en fin, escaparme de todo aquello que la prisión me
estaba robando. Todo esto encierra un gran misterio para mí, pero de igual forma,
vuelvo a ser un hombre en el sentido de la palabra, no un hombre cualquiera, ni
siquiera un hombre prisionero, sino un ser con dotaciones especiales, extasiado por lo
inexplicable, por lo desconocido y misterioso, de esta maravilla que me obnubila del hilo
de la fantasía y la ilusión, mi encerrada imaginación.
Día a día, mañana tras mañana, es repetido este mismo acto cual se tratara de una
labor cotidiana. El despertar, como si al instante de abandonar el sueño me estuviese
comunicando por vía satélite con mis zapatos. Automáticamente, como si se tratara de
unos robots, mis zapatos comienzan a desplazarse por debajo de mi catre, en general por
toda la celda. Cuando estos se detienen, los ratones asoman sus trompas rojas y
humedecidas, sus bocas pobladas de unos infantiles dientesillo y con mucha comicidad y
picardía, se quedan observándome con cierta burla irónicamente humana, de un salto y
chillando, como si se burlaran también de Mecié Dubá, se esconden por una cavidad
que hay en el piso de la celda por la cual se dirigen al túnel que los lleva hasta el fortín
del basurero que se encuentra afuera en la libertad, donde obtienen sus alimentos. Entre
todos los prisioneros que compartimos el pasillo, algo más de veinte, hablemos cuatro
que somos muy unidos y prácticamente permanecemos todo el día en la misma celda.
Uno es Jairo Castillo, quién le tiene un gran pavor a los roedores, Jairo siente como una
especie de sensibilidad por estos animalitos, tal vez lo que siente son selos con los
ratones. Gustavo Andrade es todo lo contrario al igual que yo, porque él se ha dado a la
penosa tarea de domesticarlos con toda la paciencia del caso.
Recuerdo que una tarde, después de regresar de la calle, adonde lo habían para unas
diligencias judiciales, Mecié Dubá, no sé de donde saco unas cadenas que tenía en sus
bolsillos, muy parecidas a las que se usan para encadenar a los perros, pero mucho más
