LOS OPRIMIDOS.pdf

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sencillo y fácil, que muchos aún no teniendo el alma de prisionero, la pueden escribir
como unos pasatiempos.
Ya llevo escribiendo un largo rato, a estas alturas, la punta del pedazo de lápiz no
escribe, sino que rompe el papel. Por ser tarde en la noche, no puedo gritar para llamar
al guardián, quién se encuentra a una considerable distancia de la celda en la cual
estoy. Es entonces cuando me toca acudir al piso para tratar de sacarle punta al lápiz.
Mecié Dubá, quien duerme en la misma celda donde me encuentro, se despoja de sus
ropas. Se prepara para dormir únicamente con sus interiores. En paños menores, parece
ser más notorio en su rostro la falta de un ojo, en su vientre muestra un hermoso
tatuaje que imita a la perfección, el estuche de una navaja automática. Y en esa misma
parte hay unas cuantas olas a causa de su gordura, son una especie de olas marinas que
ocultan o muestran aquel tatuaje si así él lo requiere y a voluntad propia con su
respiración, como si se tratara de la barriga de un muñeco mecánico que ha sido
programado para ejecutar tal labor. Es un tío muy gracioso este Mecié Dubá.
Siempre he sentido curiosidad, admiración por este tatuaje, no por el tatuaje en sí,
sino por el sitio donde lo tiene, como es el vientre de este viejo misterioso. Por lo general,
quien se hace esta clase de dibujos siempre escoge los lugares visibles de su cuerpo para
exhibirlos, el pecho, los brazos vienen a ser los más predilectos y preferidos para esta
clase de grabados epidérmicos. Al observarme luchando con el lápiz para tratar de
sacarle punta sobre el piso, como si estuviera afilando un “chuzo”, Mecié Dubá se pasa
la mano por el tatuaje con una fría tranquilidad, con mucha parsimonia. Entonces ante
mis ojos acontece algo increíble e inaudito, lo estoy viendo pero me resulta imposible
creerlo. Con esa paciencia que lo caracteriza y una inigualable seguridad, como quien
se quita el reloj de pulso para meterse a la ducha. Mecié Dubá se levanta una de esas
olas de grasa, en el mismo sitio donde tiene el tatuaje dibujado. Extrae algo que tiene
envuelto en una tela plástica y la desata. Es una navaja automática cerrada, de
inmediato la deposita en mis manos. Realmente es un arma, tan real como saber que
también estoy allí. Lleno de curiosidad, miro una y otra vez este artefacto que ahora
reposa en mi mano derecha, como también reparo de arriba hacia bajo a Mecié Dubá.
Es precisamente en este momento cuando me doy cuenta que en efecto, lo que mi
compañero me esta revelando, no es simple y llanamente un dibujo en su vientre, menos
que el tatuaje le tiene por exhibirlo en su piel, sino que es una enorme caleta secreta,
una especie de estuche en su estomago, muy similar a la bolsa de un canguro, solo que
no la utiliza para la protección de su prole sino para guardar su arma, ocultándola de la
vista de los guardianes, en lo más profundo de su humanidad.
Es algo muy parecido a una repisa en su vientre que utiliza para proteger su navaja
automática.
Después de guardada el arma y puesta en orden las olas de grasa, adquiere el completo
estilo de un tatuaje sin lugar a dudas. Es una perfecta obra de incrustación, un objeto
cortopunzante muy bien mimetizado en el cuerpo de este viejo zorro. Resultaría
completamente imposible tal vez que un odontólogo pudiera hacer con una muela, una
obra de arte tan perfecta como la que Mecié Dubá en su estómago.
-- Fue hecho en Medellín. Reafirma Mecié Dubá. Más adelante tendré el placer de
explicarle el procedimiento a seguir. Eso si le advierto. No lo podrá hacer usted mismo.
Me lo práctico un eminente cirujano antioqueño.
Mientras me dice esto, sonríe pícaramente y con toda vanidad. Le oprimo el pistilo a
la automática y al pedazo de lápiz que tengo en la mano izquierda, comienzo a sacarle
punta.
