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nombre, esta determinación, de la que soy consciente es un tanto infantil por parte de
mis padres, quienes me bautizaron aún sin tener yo uso de razón, de donde se entiende
que no podía opinar ni escoger mi propio nombre. Sin lugar a dudas, Eliécer fue el
nombre que me impuso mis progenitores y no se puede descartar el hecho de que la
misma ley corroboró esa imposición de una prolongada tradición familiar, cultural,
política y, por qué no decirlo también religiosa, por herencia de todos mis ancestros.
Caprichosa, impositiva e imponente, fue la decisión de ellos, como el fanatismo de
cualquier religión. Más aquí, en medio de mi humilde modo de razonar, he sacado en
conclusión que Elí debe ser el nombre con el cual en adelante podré violar todas las
leyes habidas y por haber, me burlare hasta la saciedad de todas ellas. En lo futuro, esa
habrá de ser mi “chapa”, la misma que me impuso mis amistades de infancia y con la
cual me siento en un Potosí de LIBERTAD.
Para hablar con más claridad, esto significa, para mí, tanto como encontrarme
completamente libre de las prisiones espirituales. Hablando con toda sinceridad, Elí es
la única manera que me resta de continuar siendo un hombre verdaderamente libre; a
pesar de encontrarme tras las rejas. Hoy puedo recordar que cuando hacia parte de esa
sociedad que se autodenomina libre, quienes lo único que son es libertinos, antes que me
trajeran a la prisión, todas estas cosas eran para mi poco menos que nada. Ahora puedo
darme cuenta que antes el régimen de la libre elección y ese “cambio con equidad” ¡qué
importa llamarse de un modo o de otro, si eso da igual! En estas circunstancias, está
pues hasta permitido el estigma bastardo, pero a la vez hermoso, consistente en carecer
de un nombre o encumbrado apellido. ¿Eso qué puede importarnos?
Debemos dar gracias a Dios por contar con suerte de comprender, con entereza, que
pertenecemos y somos seres humanos, por cuanto todo lo demás son cosas que nos están
sobrando. Aunque estos casos son excepcionales, aquí en la prisión es donde
verdaderamente he venido a despertar, digo esto porque me estoy palpando el cuerpo y
esculcando el alma, como también he venido a descubrir esa convexidad remanente del
origen de mi verdadero nombre que en mi caso particular ya es demasiado. En la
prisión, he renunciado a todo cuanto rodeaba anteriormente, menos a una convicción
que aún sobrevive en lo más recóndito de mi consciencia y es que todavía tengo rasgos
de ser un hombre. Un hombre que a pesar de tenerme impedido tras las rejas: ahora me
considero con más libertad que antes, sin importarme que en mi pecho porte la
marquilla de un enorme número perteneciente a la reseña de tal o cual prisión. ¡No
puede preocuparme en lo más mínimo el que me hayan marcado cual si fuese un
semoviente, puesto que poseo mi último boleto de salvación, porque aunque nadie lo
crea y a pesar de todo, cuento con ese refugio íntimo a más de personal que representa
mi nombre! Esto me permite preservar la certidumbre y la convicción de que sigo siendo
un miembro de la sociedad, aunque aislado de ella, que soy descendiente de la raza
humana, pertenezco a los mismos que me trajeron a esta podredumbre del cautiverio de
la prisión.
No encuentro explicación alguna al por qué he tomado la determinación de plasmar
estas vivencias. Con la más profunda sencillez del mundo y sin tener el más efímero
propósito de usufructos literarios, concretamente ayer, de repente resulté escribiéndolo
como quién se dirige todas las noches a su lecho a descansar de una larga y fatigosa
jornada. Por lo que estoy viendo, esto se volverá una rutina o costumbre porque hoy me
sentí con más entusiasmo para narrar, que el día de ayer cuando comencé. Al cumplir
siete años en la prisión, tal vez el hito sombrío de este aniversario explique la razón
inconsciente que me esta conduciendo, incitando a emprender esta ardua tarea de
realizar mi primera obra en el compendio campo de la literatura. No entiendo si pueda
ser una coincidencia, pero precisamente ayer me encontraba cumpliendo siete lentos y
