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En cambio, esta vez el Señor nos ha reunido para volar alto con
temas de mística, -también la otra vez no tocó hablar temas de
mística bien sublimes-, y es que realmente cuando uno está bien
unido a Dios es facilísima la unión entre nosotros, ni siquiera se nos
ocurre discutir cositas sociológicas, geográficas o políticas, de esas
que fueron minando el amor de la Iglesia que Jesús había fundado.
Así que el tema que me han invitado a tratar es la Profecía en estos
tiempos, la profecía cristiana, la profecía que no sólo ejercitaron
aquellos profetas del Antiguo Testamento. Cuando terminó la
actividad de esos profetas públicos, o sea políticos un poco, porque
les tocó enfrentarse con las autoridades civiles o con las autoridades
eclesiásticas, entonces cuando se les desmoronó el Templo y
cuando se les desmoronó la influencia política porque quedaron
como un país sometido ya esos profetas de dimensión política
desaparecieron y allí algunos dicen que se acabó la profecía en
Israel. De ninguna manera.
Lo que pasa es que cuando terminó ese género de profecía subió la
profecía sapiencial o sea todos esos que en nombre de Dios
siguieron hablando en nombre de Dios para ayudarlos a interpretar
el mismo mensaje divino de siempre pero desde el punto de vista de
la Sabiduría; esa Sabiduría que I Corintios 12 enumera entre los
carismas, palabra de Sabiduría, palabra que ayuda justamente a
crecer en eso. Y después la profecía apocalíptica que estuvo de
moda desde el siglo II antes de Cristo hasta todo el siglo I después
de Cristo. Por ejemplo el Apocalipsis es un ejemplo típico de esa
profecía y el mismo Juan, el vidente, se llama a sí mismo profeta y
considera que ese libro es libro profético pero por otra parte
también se llama Sabiduría y reclama Sabiduría para interpretar eso.
Esta forma de profecía continuó también en el cristianismo y ,
aunque ciertos católicos de distintos siglos se han escandalizado de
