LA PARABOLA DE LA HIGUERA (3).pdf


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pon testigos; aunque la ciudad sea entregada en manos de los caldeos?
Evidentemente el profeta se encuentra muy consternado por la duda, y le pregunta
a Dios con respeto, pero con energía, respecto de este asunto. Podemos ver en
este relato que la palabra profética no pertenece en modo alguno a los hombres,
es decir, no es un asunto de ellos sino de Dios; Jeremías es tan ajeno a lo que se
debe decir que, cuando descubre una contradicción, hace el correspondiente
reclamo a Dios. ! Que precioso y especial es el don de profeta!
Hermanos amados, ni siquiera el codicioso de Balaam hablaba de su propia
cuenta (Num.22.38). Aquellos profetas que “profetizan de su propio corazón”
pertenecen a otro nivel espiritual, son pequeños de espíritu; la soberbia los ha
cegado y han sido engañados por su propio corazón. Pero vamos al punto. Jehová
le explica a su consternado profeta que nada hay imposible para Dios, pero que si
desea desentrañar este misterio debe entrar a otro nivel en su propio espíritu.
¿Cuál es este nuevo nivel necesario para comprender ese misterio profético
aparentemente insoluble? Sigamos leyendo:
26. Y vino palabra de Jehová a Jeremías, diciendo:
27. He aquí que yo soy Jehová, Dios de toda carne; ¿habrá algo que sea difícil
para mí?
28. Por tanto, así ha dicho Jehová: He aquí voy a entregar esta ciudad en mano
de los caldeos, y en mano de Nabucodonosor rey de Babilonia, y la tomará.
29. Y vendrán los caldeos que atacan esta ciudad, y la pondrán a fuego y la
quemarán, asimismo las casas sobre cuyas azoteas ofrecieron incienso a Baal y
derramaron libaciones a dioses ajenos, para provocarme a ira.
30. Porque los hijos de Israel y los hijos de Judá no han hecho sino lo malo
delante de mis ojos desde su juventud; porque los hijos de Israel no han hecho
más que provocarme a ira con la obra de sus manos, dice Jehová.
31. De tal manera que para enojo mío y para ira mía me ha sido esta ciudad desde
el día que la edificaron hasta hoy, para que la haga quitar de mi presencia,
32. por toda la maldad de los hijos de Israel y de los hijos de Judá, que han hecho
para enojarme, ellos, sus reyes, sus príncipes, sus sacerdotes y sus profetas, y los
varones de Judá y los moradores de Jerusalén.
33. Y me volvieron la cerviz, y no el rostro; y cuando los enseñaba desde
temprano y sin cesar, no escucharon para recibir corrección.
34. Antes pusieron sus abominaciones en la casa en la cual es invocado mi
nombre, contaminándola.
35. Y edificaron lugares altos a Baal, los cuales están en el valle del hijo de Hinom,
para hacer pasar por el fuego sus hijos y sus hijas a Moloc; lo cual no les mandé,
ni me vino al pensamiento que hiciesen esta abominación, para hacer pecar a
Judá.
36. Y con todo, ahora así dice Jehová Dios de Israel a esta ciudad, de la cual
decís vosotros: Entregada será en mano del rey de Babilonia a espada, a hambre
y a pestilencia:
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