REVISTA PLACER Nº1.pdf


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PLACER

PLACER

Estaba atardeciendo. El ejército marchaba por las calles en un ambiente de euforia nerviosa, recorriendo la ciudad en dirección a la puerta Oeste. Familias
sin hombres aclamaban a los soldados. Las mujeres lanzaban flores a su paso
con lágrimas en los ojos, los niños cocían a sus ídolos al calor de la aventura y
la gloria. El pueblo llano embravecía, quería justicia, y de paso, quizás algo de
venganza. Sobre las espaldas de los soldados no sólo colgaban sus armas, sino
también la responsabilidad y el orgullo de recuperar el honor de su pueblo, maltrecho por las sucesivas derrotas infringidas por su enemigo. El ejército salió por
la puerta y emprendió el camino que rodeaba el castillo. Y tras unos minutos, el
vigía anunció con suma emoción la vuelta de los héroes. Los soldados entraron
triunfantes por la puerta Este. Se podía distinguir la gloria en sus ojos. La gente,
envalentonada por la aplastante victoria de los suyos, lanzaba vivas a sus héroes y se abrazaba al grito de ¡por fin somos lo que fuimos, siempre seremos lo
que somos! Y la ciudad celebró durante tres días y tres noches la restitución del
viejo honor, por fin rejuvenecido.

Atrapado en un laberinto infinito,
sin salidas, sin escapatorias.
Sin posibles moratorias,
para siempre recluido en un ataúd inaudito.
Paredes de hormigón, puertas giratorias,
cadenas de hierro, pozos de fango,
cascadas de humo, sonidos de tango,
impensable saltar de la noria.
Pero Borges no contempló una grieta,
la superposición de estados, la decoherencia cuántica,
un universo paralelo, la paradoja matemática.
Schrödinger destruyó el dédalo del esteta.