REVISTA PLACER Nº1.pdf

Vista previa de texto
PLACER
PLACER
BORGES ESTÁ
SOBREVALORADO
Borges está sobrevalorado. Entiendo que
una afirmación de este calibre no guste en
la muy mitómana legión de seguidores del
autor argentino. Y entiendo que cualquier
explicación que trace en las próximas líneas al respecto, aunque perfecta e irrebatible, será poco tenida en cuenta o incluso
ignorada; sin embargo, voy a hacer uso del
PLACER de explicarme brevemente.
La literatura es un gigante de difícil acceso, la capacidad de abarcar sus múltiples
facetas sólo (¡con acento, por supuesto!)
nos ha sido concedida a unos pocos, menos cada vez. Análisis de fondo y forma
son los más comunes, la interrelación de los
dos aspectos lo más tristemente ignorado.
Para hacer suficientemente sencillo mi argumento al seguramente poco formado lector
de PLACER vaya por delante que se puede
argüir que en cuanto a la “forma” Borges es
intachable la mayoría de las veces, brillante
algunas. Un cuento que se inicia con «La
candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante
ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que
las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de
cigarrillos rubios…», seguro nos causará (a
los amantes de la historias bien relatadas)
un frotamiento de manos, incluso acompañado de salivación. Por cierto, este tipo de
afirmaciones que acabo de hacer, paradójicamente, son del tipo que los hooligans de
Borges repiten hasta el hartazgo. En cambio, el “fondo” es otro asunto, no menor en
Borges cuando tuvo la valentía de ignorar
temas universales (como el amor), pero a
su vez atacar temas incorruptibles: el tiempo y el espacio, la locura, la cultura como
suprema arma del ser humano, las fuerzas
que mueven a la historia y, bajo mi certero
punto de vista el que trató con más hinca-
pié: el asombro del hombre ante su propia
conciencia. Una forma de existencialismo
notable, pero que, y ahí radica la principal
flaqueza de este autor tan overrated, es de
una inocencia casi intolerable. Los anglosajones que él tanto admiraba utilizan un
término que se ajusta perfectamente a lo
que me refiero: naive. Una mezcla de ingenuidad infantil, enraizada en la inexperiencia o en la ignorancia... Pongamos como
ejemplo el cuento cuyo poderoso inicio he
trascrito más arriba, el siempre evocado y
grandilocuentemente adjetivado (aunque
me temo que menos leído, sobre todo sus
disquisiciones lingüísticas) Aleph. Se puede
obviar el argumento, porque es un relato
escrito para alcanzar un clímax: el descubrimiento de esa «esfera tornasolada» increíble que contiene todo el espacio y el
tiempo. El autor ni siquiera esconde su regocijo infantil llamándola pretenciosamente Aleph. Es incluso plausible que Borges
creyera haber descubierto el Mediterráneo,
¿pero acaso ese Aleph no es algo de sobra
conocido por todo ser humano? El otro día,
sin ir más lejos, con la intención absurda de
eliminar alguna toxina de las muchas ingeridas durante las navidades, me vestí con
mis mallas nike y mis asics nimbus y salí
a correr por Montjuïc. Estaba anocheciendo cuando llegué a la explanada del anillo
olímpico y mi reloj garmin forerunner me recomendó una pequeña parada para tomar
aire; y contemplé la ciudad semi-iluminada
a mis pies mientras el oxígeno inundaba
mis vasos cosanguíneos, mis órganos, mi
cerebro… y claro que «sentí infinita veneración, infinita lástima», y claro que los
puntitos refulgentes «de casi intolerable fulgor» que flotaban a mi alrededor y que se
iban disipando mientras tomaba aliento y
me incorporaba y notaba el frío, contenían
el mundo entero… Mas continuemos, por-
que el Aleph no es ni mucho menos el único
ejemplo del asombro infantil de Borges por
la propia existencia, y como al vestirlo de literatura con rango de leyenda cree dar con
el clavo de algo oculto a la mayoría de los
mortales. Como si a todos no nos inundara
la inmensidad al ver a un animal salvaje,
incluso en los documentales de La 2 que
solamente algunos de nosotros disfrutamos
con enorme interés.
Por otro lado, Borges era un burgués inteligente, altamente ilustrado, pero eso no le
alcanzó para captar el devenir de los tiempos. Así pues, las obviedades sobre las que
Borges construye su mundo literario son incluso más sonrojantes a la vista de cómo
ha evolucionado el mundo. Por ejemplo,
ese asombro ante los objetos de Tlön diseminados por el mundo de uno de los cuentos (Tlön, Uqbar, Orbis Tertius) de su otro
grandilocuentemente alabado libro: Ficciones. Ahora mismo, mientras escribo estas
líneas, mi iPhone6 descansa a un palmo de
mi mano: si no vemos que este aparato no
proviene de ese planeta paralelo, es que
somos ciegos. Si hoy por hoy se pueden
comprar en tiendas del Born o Manhattan o
Shoreditch, ¡o incluso, para los que no viajáis, por Amazon! todo tipo de objetos de
un mundo paralelo en fabulosas «cajas de
metal cóncavas» o convexas, con letras y
otros muchos símbolos que «corresponden
a uno de los alfabetos de Tlön». ¿La biblioteca de Babel…? En un pen drive cabe toda
la biblioteca nacional ¿Del rigor de la ciencia? Si el pobre viera el Google maps…
En fin, no aburriré con más ejemplos. Hoy
por hoy en Twitter tengo tantos seguidores
como lectores jamás pudo soñar Borges.
Y bueno, admito que se pueda discutir que
cómo iba a saber el escritor argentino en
su pequeño departamento de Buenos Aires que el mundo iba a evolucionar de tal
o cual manera (aunque yo denuncio que
otros sí lo han, por lo menos, intuido). Mas
incluso exculpándolo de jugar con el tiempo sin pensar en el tiempo, qué decir de sus
argumentos, siempre puestos como ejemplo
de perspicacia. Permítanme que discrepe y
quítense el velo conmigo: ¿El jardín de los
senderos que se bifurcan? ¡Qué ingenio! Y
pensar que luego Le Carré es considerado
literatura menor, cuando cualquiera de sus
argumentos de contraespionaje es infinitamente más sutil que generar una noticia real
para enviar un mensaje por los periódicos.
¿Emma Zunz? He visto en capítulos de Homeland más intensidad (que la intensidad
no fue el fuerte de Borges no hace falta ni
argumentarlo) e implicación de la sexualidad para alcanzar un objetivo que en ese
pequeño cuentito con pretensiones chejovianas... Eso sí, luego acaba con aquello
de: «Verdadero era el tono de Emma Zunz,
verdadero el pudor, verdadero el odio. Verdadero también era el ultraje que había padecido; sólo eran falsas las circunstancias,
la hora y uno o dos nombres propios.»; y
claro, es fácil rendirse. Salivar, como dije
antes… y elogiar al tuntún. No me verán a
mí en esa tesitura.
Acabo ya, no quiero perder el tiempo del
lector hablando de su poesía de juventud
(no quiso que se revisitase una vez que fue
famoso, ¿se imaginan a Neruda haciendo
lo mismo? ¿Como si la poesía tuviera el derecho de ser mala sólo por ser joven?) ni la
posterior, formalmente intachable y ciertamente intelectual, como él mismo la definió,
pero reiterativa en su obviedad: «Dios nos
depara sucesión y olvido». ¡Es la vida, señor Borges! En arte hay que ir más allá...
Su faceta como crítico literario tampoco
es para tirar cohetes, se le nota la opinión
(no esconde incluso su desprecio algunas
veces) y es más bien local. Eso es Borges:
un autor local, y no me refiero a bonaerense, sino a un autor de andar por casa, de
barrio, listillo, a su manera entrañable. Yo,
que lo leí todo demasiado joven, le guardo
cierto cariño, pero por suerte no me contaminé con sus juegos míticos. En conclusión,
si quieren leer a un argentino bueno, por
aquello de confraternizar con nuestros conlenguotas, pues lean a Cortázar o a Soriano, tampoco alcanzarán la cima prometida
del arte, pero al menos ellos equilibraban
fondo y forma.
