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PLACER

SANDRA EN BUENOS AIRES

El tiempo del reloj no es el tiempo del sentido. Congelamos el mundo en mapas para sustituirlo.
No hay diferencia entre la extensión y el pensamiento. En Buenos Aires las mercancías forman
estratos; al final de cualquier geología está Borges.
La poesía no es una carta astral del mundo, es bautizarlo; la autopista de Hegel como círculo, el
reloj como impostura, el Vedanta y el aire negro.
El diccionario de alemán que Borges utilizó para leer a Schopenhauer; Schopenhauer tradujo a
Gracián del castellano; Nietzsche compró en Rohn el libro de Schopenhauer. Cioran lloró a
Borges.
La figura de Buda que acompañó a Schopenhauer representa a Borges en la Biblioteca Nacional.
Buenos Aires es una momia de hielo, el alma azul del silencio; una oda a Kafka, a Visnú y al
laberinto.
Quisiera vestir a la razón con un cilicio místico y eléctrico, hasta tocar con dedos puros el poema,
y de esta manera decir adiós. ¿O acaso la oscuridad no estuvo siempre tendida al lado de
Borges?
Los pasos apresurados de Sandra, y su presencia sentida, denotan sus lecturas furtivas; siempre
astutas como deseos, las yemas de sus dedos se introdujeron en su cuerpo, nombrando el
poema. Así resucitó Borges.

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