REVISTA PLACER Nº1.pdf

Vista previa de texto
PLACER
PLACER
TLÖN
Mi nombre es Tlön. Sí, ya sé, no
es muy original. El mismo nombre
que mi padre. El mismo nombre
que el abuelo. Y así hasta tiempos
remotos. En fin… Por otra parte,
también nuestro trabajo ha sido el
mismo durante milenios: Depositarios Últimos del Libro. Por lo que la
continuidad de nuestro patronímico no es sólo por motivos románticos, se trata de rigor cartesiano. Un Alto Cometido: salvaguardar el Alto Secreto de la Biblioteca. Sí, ya sé, todo muy alto.
A pesar de mi estatura. Cuatro centímetros para ser más o menos exacto. No nos pelearemos
ahora por los ínfimos cuatro milímetros que casi impidieron en su momento mi designación como
Depositario Último, ¿no? Aún hoy, casi cuatrocientos años más tarde, las lágrimas asoman en
mis ojos cuando evoco el rostro desencajado de mi padre ante la posibilidad de truncar el linaje familiar. En fin... En cualquier caso, ya termina mi Alto Cometido, y mi hijo (Tlön Jr), que
sobrepasa holgadamente (casi 1 milímetro; ninguna necesidad esta vez de debatir la validez
del redondeo) la estatura mínima requerida, está ya preparado para la toma de posesión como
cuadrigentésimo Depositario Último de la familia. Porque hubo otros antes. Y después de los
cuatrocientos años de Larga Tarea del último de los Tlön habrá una nueva Estirpe Elegida. Para
los próximos ciento sesenta milenios.
– Papá, aún no entiendo por qué tengo que dedicar cuatrocientos años a vigilar un libro.
– Por favor hijo, ¿otra vez?
– Sí, ya sé papá, soy el último Tlön, el último DU, de una EE, para una LT, un AC, salvaguardar
el AS de la Biblioteca. Pero, ¿proteger el Libro de qué? ¿De quién?
– De la especie humana, ya te lo he explicado cientos de veces.
– Pero si todo el mundo sabe que no existe…
– Eso no es cierto.
– Sí, también me lo has contado más de cien veces. El gran abuelo Tlön vio a uno de ellos cuando viajó más de mil hexágonos allá.
– El viaje del gran abuelo Tlön no es la única prueba de su existencia.
– ¿Otra vez la teoría de B.?
– ¡Tlön Jr.!
– No lo he nombrado papá, ya sé que no se debe. Pero al menos tienes que aceptar que hay
alguna inconsistencia en el relato.
– Hijo…
– Primero: se afirma que la biblioteca es infinita, o al menos ilimitada y periódica, por lo que la
probabilidad de que alguien encuentre un único ejemplar es nula.
– Sí, es verdad. Afirmar que la posibilidad de encontrar el Libro es computable en cero es falso,
una inconsistencia. Hay que pensar en términos cuánticos. Siempre existe alguna posibilidad. Y
por ende, también que sea un miembro de la especie humana quien lo haga.
– De acuerdo, no perdamos tiempo en disquisiciones matemáticas. Erré al priorizar esta consideración. Expongo pues el principal argumento: el relato concluye que no existe un único
ejemplar de ningún libro.
– A ver…
– Un momento papá, déjame acabar. El axioma es: la Biblioteca abarca todos los libros. Y a
partir de esta premisa se infiere lo siguiente: no existe ningún ejemplar único. Es decir, en los
anaqueles existen todas las combinaciones posibles, de forma que para cada ejemplar presuntamente único existen incontables facsímiles casi idénticos, sólo con pequeños cambios, incluso
imperfecciones casi indistinguibles. Sin contar todas las posibles traducciones…
– Otra vez una inconsistencia, ciertamente, pero no en el sentido que lo planteas. Una falsa
tautología; ya que no hay repeticiones, sino variaciones aunque mínimas de cada libro. Por lo
que sí hay un Ejemplar Único.
– Sí papá, técnicamente sí hay un ejemplar único, pero en verdad no es el único que…
– A ver. Has planteado un sistema formal que al fin demuestra que existe un Ejemplar Único.
– Pero en realidad…
– Espera por favor. El punto controvertido radica en la posible existencia de múltiples versiones,
distintas aunque sólo sea por un signo de puntuación.
– Justamente.
– Bien. Lo primero, la existencia de copias imperfectas no está probada.
– Pero parece muy plausible.
– ¿Y no sería también muy posible que para el Libro que desvela el Alto Secreto de la Biblioteca
sólo existiera una única copia?
– A mí no me lo parece.
– Una cuestión de fe, claro.
– Sí.
– Entonces, aceptemos la posible multiplicidad de copias, finitas en cualquier caso.
– Ahora me quieres engañar. Al ser finitas ya no es posible encontrarlas en el espacio…
– Claro que lo es, ese argumento ya lo hemos refutado antes, ¿verdad?
– Verdad, papá.
– Lo relevante es que entonces serían también objeto de Custodia, por poco contenido primordial que revelaran.
– ¿Cómo?
– Una Estirpe Elegida para cada Ejemplar Único.
– Papá…
– ¿Por qué no?
– Es imposible saberlo.
– Improbable.
– Papá…
– Ya lo sé. Todos hemos caído en algún momento a este abismo existencial. Es casi más difícil
aceptar que no somos los únicos, ¿verdad?
– Sí, la verdad es que no es muy tranquilizador. Pero no se trata sólo que puedan existir otros…
– Entonces…
– La teoría de B. profetiza que la especie humana se extinguirá en la Biblioteca, y que ésta perdurará incorruptible para siempre. ¿Y si ya lo ha hecho? ¿Y si sólo quedamos nosotros? Bueno,
y quizás otros Depositarios…
– Ciertamente no podemos saberlo. Pero mientras no se
revele que nuestra Larga Tarea ha terminado es nuestra
obligación, nuestro Alto Cometido.
– Pero la diferencia entre vigilarlo y no hacerlo se ha demostrado nula. Ninguno de los Tlön, y son ya casi ciento
sesenta mil años, ha tenido que intervenir nunca…
– Hijo…
– De acuerdo papá, vigilaré el Libro.
En fin… Lo que decía, los Tlön somos una Estirpe Elegida,
con un Alto Cometido, la Larga Tarea de salvaguardar el
Alto Secreto de la Biblioteca. Y mi hijo será el cuadrigentésimo y definitivo Depositario Último de la familia.
