Feminismo y marxismo, un matrimonio mal avenido.pdf


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PAPERS DE LA FUNDACIÓ/88

definidas y reconocidas como inferiores a los hombres, mientras que éstos sólo
aparecen rara vez en el cuadro doméstico. Los niños criados de esta forma aprenden
a conocer sus puestos en la jerarquía de los géneros. Sin embargo, en este proceso
son fundamentales ciertos campos ajenos al hogar donde se enseñan los
comportamientos patriarcales y se impone y refuerza la posición de inferioridad de la
mujer: iglesias, escuelas, deportes, clubs, sindicatos, ejército, fábricas, oficinas,
centros sanitarios, medios de comunicación, etc.
La base material del patriarcado no se asienta, pues, únicamente en la crianza de los
hijos en la familia, sino en todas las estructuras sociales que permiten al hombre
controlar el trabajo de la mujer. Los aspectos de las estructuras sociales que
perpetúan el patriarcado son teóricamente identificables y, por consiguiente,
separables de sus otros aspectos. Gayle Rubin nos ayuda enormemente a identificar
el elemento patriarcal de estas estructuras sociales al identificar los “sistemas de
género/sexo”:
Un “sistema de género/sexo” es un conjunto de dispositivos
mediante los cuales una sociedad transforma la sexualidad biológica
en productos de la actividad humana y con los cuales se satisfacen
estas necesidades sexuales transformadas29.
Nacemos hembra y varón, sexos biológicos, pero nos crean mujer y hombre, géneros
socialmente reconocidos. La forma en que nos crean es ese segundo aspecto del
modo de producción del que hablaba Engels: “La producción del hombre mismo, la
continuación de la especie”.
La forma en que se propaga la especie está socialmente determinada. Por ejemplo, si
las personas fueran biológicamente polimorfas en el plano sexual, la reproducción
sería accidental. La estricta división del trabajo por sexos, invento social común a
todas las sociedades conocidas, crea dos géneros muy distintos y una necesidad de
que hombres y mujeres se unan por razones económicas. Esto contribuye así a dirigir
sus necesidades sexuales hacia la realización heterosexual. Aunque es teóricamente
posible una división sexual del trabajo que no implique desigualdad entre los sexos, en
la mayoría de las sociedades conocidas la división del trabajo por sexos socialmente
aceptable es aquella que otorga un status inferior al trabajo de la mujer. La división
sexual del trabajo es también el puntal de las subculturas sexuales en las que
hombres y mujeres experimentan la vida de formas diferentes; es la base material del
poder masculino que se ejerce (en nuestra sociedad) no sólo para no hacer el trabajo
doméstico y conseguir mejores empleos, sino también psicológicamente.
La forma en que la gente satisface sus necesidades sexuales, la forma en que
reproduce, la forma en que inculca las normas sociales a las nuevas generaciones, la
forma en que aprende el género, la forma en que se siente hombre o mujer, se
desarrollan en el ámbito de lo que Rubin denomina el sistema de género/sexo. Rubin
subraya la influencia del parentesco (que nos enseña con quién podemos satisfacer
las necesidades sexuales) y el desarrollo de personalidades de un género específico a
través de la educación de los hijos y de la “máquina edípica”. Además, podemos usar
el concepto de sistema de género/sexo para examinar todas las demás instituciones
sociales en cuanto al papel que desempeñan en la definición y el reforzamiento de las

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