Desarrollo emocional 0a3 simples.pdf

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La ansiedad o el miedo pueden llevarlo a inhibir su conducta (por ejemplo, no se anima a participar
en actividades sociales o manifiesta una timidez excesiva). También, de modo más ruidoso, puede
manifestarse a través de llanto o gritos incontrolables, además de perturbaciones en el dormir y el
comer, o actos imprudentes e impulsivos.
Ansiedad de separación
Existe un tipo de ansiedad específico, muy importante en los primeros años de vida, que se relaciona
con la separación respecto de los cuidadores. Hay niños que muestran un temor excesivo y difícil de
calmar ante personas extrañas o al separarse de aquellas de su referencia. En estos casos, encontramos en el bebé o en el niño una negativa persistente frente a la separación de las personas significativas, una preocupación injustificada por la seguridad y el bienestar de estas personas, o el temor
de que algo pueda provocar su alejamiento. En general, esta situación se acompaña por el rechazo
persistente de ir a dormir sin compañía, temor inadecuado a estar solo y pesadillas reiteradas sobre
la separación. Todas estas situaciones son preocupantes cuando persisten en el tiempo, más allá de
ciertos momentos particulares que requieren del bebé la adaptación a cambios, como por ejemplo,
el ingreso en un jardín maternal.
Reacción prolongada frente a la pérdida de seres queridos
Si bien siempre la pérdida de alguna de las figuras parentales, fraternas o incluso de otras personas
significativas genera una situación de difícil elaboración psíquica, existen casos en que las dificultades para superar esta pérdida se transforman en una problemática específica. En los niños pequeños
existe un riesgo importante de que esto ocurra, tanto por la falta de recursos emocionales y cognitivos,
dado el momento evolutivo en que se encuentran, como por el hecho de que una pérdida así afecta
asimismo a quienes rodean al niño que probablemente también estén involucrados en la situación de
duelo y presenten menor disponibilidad para asistirlo emocionalmente en un momento en que dicha
asistencia y disponibilidad son cruciales.
Pero ¿cuándo podemos considerar que la reacción de un niño a una situación de duelo afecta su
equilibrio y su desarrollo? Cuando, más allá de las esperables etapas de protesta, desesperación
y desinterés que acompañan al duelo, se detecta que, de manera persistente y prolongada en el
tiempo, el niño insiste en llamar y buscar a la persona perdida y rechaza los intentos de consuelo.
También debe preocupar el establecimiento de un estado general de menor expresividad emocional,
retraimiento, tristeza y falta de interés, si pierde logros evolutivos que ya había alcanzado, o presenta
dificultades en las rutinas de sueño y de alimentación.
Otro modo de reacción, que si es prolongado indica dificultades, es que muestre desinterés o indiferencia frente a elementos que recuerdan a la persona perdida; o bien, por el contrario, una extrema
sensibilidad y desorganización afectiva frente a cualquier cuestión que la recuerde.
Finalmente, conviene notar que si un niño en esta circunstancia comienza a manifestar actos agresivos hacia el entorno o hacia sí mismo, estos podrían ser consecuencia de un sentimiento de culpa,
por sentirse responsable de lo sucedido.
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