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Mundo Desconocido: El Necronomicon
Luis Borges. Hemingway emplea un lenguaje llano, colonial, pero su intención es calmar al lector con
una sensación de seguridad, de aceptación. Una vez alcanzada ésta, el mensaje es áspero y espantoso: la
muerte es la realidad última, la mayoría de emociones humanas son desilusiones, el hombre' está solo en
un universo vacío. Todos los escritores de ficción empiezan por el reconocimiento de que la consciencia
cotidiana es trivial y limitada. La gente sólo ve lo que tiene delante de sus ojos. El propósito del escritor
es transmitir su propia visión de una realidad más amplia y, por tanto más verdadera. Los elementos
melo dramáticos de las primeras novelas de William Faulkner, muerte, violación, suicidio y violencia,
parecen tener poco en común con Lovecraft, pero su propósito es el mismo: conmocionar al lector con
una bofetada en pleno rostro. El problema de las primeras narraciones de Lovecraft es que, con su abuso
de los adjetivos, deja ver el juego bastante antes del shock final. En lugar de calmar al lector con un tono
de aceptación, levantan sus sospechas. Sólo los niños las encuentran terroríficas, los adultos muy
divertidas.
Este era el aspecto de Lovecraft que me interesaba. Pero poco dije sobre otro aspecto que es igualmente
importante: su romanticismo. Lovecraft era un romántico en el viejo sentido de la palabra, el sentido que
define a Keats, a Shelley o a William Morris. Si bien es verdad que detestaba el mundo moderno, esta
aversión sólo era el aspecto negativo de su romanticismo. Como todos los románticos, estaba más
interesado en un mundo cuya existencia pudiera sentir claramente, aunque su localización precisa se le
escapara. Keats lo habría llamado el mundo de la belleza, Shelley el mundo del ideal. Sospecho que si
Keats hubiese nacido en Providence en 1890, bien pudiera haber escrito ficción macabra en lugar de
poesía sensual. En cambio, si Lovecraft hubiese nacido en Londres un siglo antes, bien pudiera haber
escrito poemas parecidos a sueños con la imaginería de Malory o Spencer.
Más importante es aún identificar de forma precisa por qué los románticos sueñan en "otros mundos". La
esencia del romanticismo es un estado de relajación que parece explorar un mundo interior. Vivimos en
el mundo de la realidad como un caballo dentro de su arnés, mantenidos siempre alertas por los latigazos
del cochero. Y esto significa que estamos confinados en el mundo físico, atrapados en el presente.
Lo interesante de los estados de relajación es que la mente deja de estar confinada en el presente. El
cuerpo queda en reposo mientras la mente viaja. Y nuestros sentidos dejan de estar atados con la rienda
corta. Puedo abrir una antología poética y evocar una sucesión completa de emociones entrando en cada
poema con mi entera sensibilidad. Es como si alguien me hubiese dado una llave de un mundo que
estuviese en el interior de mí mismo. En resumen, como si alguien me hubiese concedido un tipo de
libertad casi desconocido por los seres humanos. Este es el verdadero ideal positivo de los románticos:
esta extraña libertad.
¿Hasta qué punto es exacto describir como libertad el descenso a nuestro propio interior? Si estoy
leyendo un libro de poesía, sería más exacto decir que estoy vagando por el mundo de los poemas. No
estoy explorando el universo exterior, sino mi propia mente. Este mundo de poesía, o de ideas, es una
especie de tercer mundo. El filósofo Karl Popper fue el primero en señalar que tiene una existencia
independiente. Si una catástrofe atómica destruyese nuestras bibliotecas y sólo quedasen un puñado de
seres humanos que sufriesen la pérdida de la memoria, la especie humana necesitaría miles de años en
alcanzar su actual nivel cultural. Pero si las bibliotecas quedasen todas intactas, podrían conseguirlo en
un período de pocas generaciones. El mundo que subyace en los libros tiene su propia e independiente
existencia.
Pero el "tercer mundo" también es una puerta de entrada a nuestro auténtico mundo interior. Puedo dejar
un libro, mirar fijamente a través de la ventana y soñar despierto durante horas. Incluso puedo sumirme
en un estado tal de paz interior que experimento una especie de revelación mística, como el héroe de la
novela de Machen The Hill of Dreams, que era la favorita de Lovecraft. (Curiosamente, esta obra, que
Lovecraft consideraba como la mejor de Machen, no tiene ningún elemento sobrenatural).
Y ahora creo que el lector empezará a ver por qué he dedicado tanto espacio a hablar sobre el impulso
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