ROBERT BLOCH Biografia y Compilado De Relatos.pdf

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-Muy bien -murmuró Baston-. Amigos... acabo de recibir este paquete de Inglaterra. Voy a abrirlo
en vuestra presencia, para ver lo que contiene.
Empezó el interrogatorio. Yo quería escuchar, pero en aquel momento Lydia Dare me vio y me
arrastró al vestíbulo para una de aquellas rutinarias Querido-he-estado-esperando-todos-los-díasque-me-llamaras.
Cuando pude librarme de ella y regresar al salón, el examen de Sir Guy se encontraba en su punto
culminante. A juzgar por la actitud de los presentes, deducí que Sir Guy no necesitaba abogados que
le defendieran.
De pronto, Baston formuló una pregunta que me hizo contener la respiración.
-¿Puedo preguntarle qué le ha traído aquí esta noche? ¿Cuál es su misión, oh Morsa?
-Estoy buscando a Jack el Destripador.
Nadie rió.
Tal vez les sorprendió como me había sorprendido a mí. Miré a mis vecinos y empecé a hacerme
preguntas.
LaVerne Gonnister. Hymie Kralik. Inofensivos. Dick Pool. Nadia Vilinoff. Johnny Odcutt y su
esposa. Barclay Melton. Lydia Dare. Todos inofensivos.
Pero ¡qué sonrisa más forzada en el rostro de Dick Pool! ¡Y qué decir de la actitud huidiza de
Barclay Melton!
¡Oh! Era absurdo, de acuerdo. Pero por primera vez vi a aquellas personas a una nueva luz. Me
interrogué acerca de sus vidas... sus vidas secretas, más allá del escenario de las reuniones.
¿Cuántos de ellos estaban representando una comedia, ocultando algo?
¿Cuál de ellos podía adorar a los horribles dioses malignos y ofrecerle un sacrificio de sangre?
Incluso Lester Baston podía estar fingiendo.
Una rara inquietud planeó sobre todos nosotros, por unos instantes. Vi preguntas que revoloteaban
por el círculo de ojos alrededor de la habitación.
Sir Guy estaba de pie en el centro de la estancia, y puedo jurar que tenía plena conciencia de la
situación que había creado, y que gozaba con ella.
Me pregunté vagamente qué era lo que en él no funcionaba como era debido. Por qué tenía aquella
extraña obsesión acerca de Jack el Destripador. Tal vez estaba ocultando, también, algún terrible
secreto...
Baston, como de costumbre, disipó la inquietud. Tomó la cosa por el lado cómico.
-La Morsa no está bromeando, amigos -dijo. Palmeó la espalda de Sir Guy mientras hablaba-.
Nuestro primo inglés se encuentra realmente sobre la pista del fabuloso Jack el Destripador.
Supongo que todos ustedes recuerdan a Jack el Destripador. Fue un personaje que dejó huellas
imborrables de su paso por la tierra.
»La Morsa tiene la idea de que el Destripador está vivo, probablemente aquí, en Chicago, y que se
pasea por la ciudad con un cuchillo de explorador. En realidad... -Baston hizo una pausa
melodramática-. En realidad, tiene motivos para creer que Jack el Destripador puede encontrarse
esta noche aquí, entre nosotros.
Se produjo la esperada reacción de exclamaciones jocosas. Baston se dirigió a Lydia Dare en tono
de reproche.
-El llevar faldas no las autoriza a reírse, muchachas. Jack el Destripador podía ser una mujer,
también. Una especie de Jill la Destripadora.
-¿Quiere usted decir que sospecha realmente de uno de nosotros? -intervino LaVerne Gonnister,
dirigiéndose a Sir Guy-. Jack el Destripador desapareció hace muchísimos años. En 1888...
-¡Ajá! -la interrumpió Baston-. ¿Cómo es que está tan enterada de los detalles, jovencita? ¡Resulta
muy sospechoso! Mírela bien, Sir Guy... es posible que no sea tan joven como parece. Estas
poetisas suelen tener pasados muy oscuros.
La tensión había desaparecido, y todo el asunto se estaba convirtiendo en una vulgar broma de
reunión. El hombre que había interpretado la Marcha estaba contemplando el piano con un brillo de
Scherzo en sus ojos que no auguraba nada bueno para Prokofieff. Lydia Dare estaba mirando
ansiosamente en dirección a la cocina, esperando que terminara aquello para ir en busca de otro
