ROBERT BLOCH Biografia y Compilado De Relatos.pdf


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-Pero no puede usted presentarse en una reunión con un revólver cargado en el bolsillo -protesté.
-No se preocupe, no cometeré ninguna imprudencia.
Desde luego, Sir Guy Hollis no era un hombre normal.
Salimos del ascensor y nos dirigimos a la puerta del apartamento de Baston.
-A propósito -murmuré-, ¿cómo quiere usted que le presente? ¿Diciéndoles quién es usted y a quién
está buscando?
-Me tiene sin cuidado. Tal vez sea preferible decir la verdad.
-Pero ¿no cree que el Destripador -si por algún milagro está presente- se pondrá inmediatamente
sobre aviso?
-Creo que la impresión de la noticia de que estoy buscando al Destripador provocará en él algún
gesto comprometedor -dijo Sir Guy.
-Sería usted un buen psiquíatra -admití-. La teoría no es mala. Pero le advierto que va a enfrentarse
usted con más dificultades de las que parece esperar.
Sir Guy sonrió.
-Estoy preparado -dijo-. He ideado un pequeño plan. No se sorprenda por nada de lo que haga.
Asentí y llamé a la puerta.
Acudió a abrir el propio Baston. Tenía los ojos enrojecidos. Se balanceó hacia adelante y hacia
atrás, mientras nos contemplaba con expresión solemne. Bizqueó ante el bigote de Sir Guy y mi
bombín.
-¡Ajá! -exclamó-. La morsa y el carpintero.
Le presenté a Sir Guy.
-Bienvenido -dijo Baston, invitándonos a entrar con exagerados ademanes de cortesía. Nos siguió,
tambaleándose, hasta el llamado saloncito.
Contemplé el grupo que se movía incansablemente a través de la niebla que formaba el humo de los
cigarrillos.
La reunión estaba en su apogeo. Cada mano sostenía un vaso. Todos los rostros mostraban un rumor
alcohólico. En un rincón, el piano sonaba a toda presión, pero las notas marciales de la Marcha de
El Amor de las Tres Naranjas no conseguía ahogar el ruido profano de los dados procedente del otro
rincón.
Prokofieff no tenía ninguna posibilidad contra el inventor del «seven-sleven .
Sir Guy se quitó rápidamente el monóculo. Vio a LaVerne Gonnister, la poetisa, golpear a Himye
Kralik en el ojo. Vio a Himye sentarse en el suelo, gritando, hasta que Dick Pool aterrizó
accidentalmente sobre su estómago cuando se dirigía a la cocina en busca de más bebida.
Oyó a Nadia Vilinoff, la artista comercial, decirle a Johnny Odcutt que opinaba que su tatuaje era de
un horroroso mal gusto, y vio a Barclay Melton arrastrarse bajo la mesa del comedor con la esposa
de Johnny Odcutt.
Sus observaciones zoológicas podían haber continuado indefinidamente si Lester Baston no se
hubiese parado en el centro de la habitación y reclamado silencio rompiendo un vaso contra el
suelo.
-Esta noche, nuestra humilde reunión se ve honrada con la presencia de dos distinguidos visitantes
-rugió Lester, extendiendo el brazo en nuestra dirección-. Nada menos que la Morsa y el Carpintero.
La Morsa es Sir Guy Hollis, un no-sé-qué de la Embajada británica. El Carpintero, como todos
ustedes saben, es nuestro propio John Carmody, el eminente dispensador de linimento para los
cerebros.
Se volvió y agarró a Sir Guy por el brazo, arrastrándole hasta el centro de la alfombra. Por un
instante creí que Hollis iba a protestar, pero un rápido guiño me tranquilizó. Sir Guy estaba
preparado.
-Tenemos la costumbre, Sir Guy -dijo Baston en voz alta-, de someter a nuestros nuevos amigos a
un pequeño examen. Un simple formulismo, desde luego. ¿Está usted preparado para contestar a
mis preguntas?
Sir Guy asintió, sonriendo.