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No obstante, si me obligaran a elegir entre alguno de sus cuadros, si el genio oriental de
algún relato olvidado me concediera un deseo y me permitiera escoger una sola pintura de
este maestro francés para colgar en las paredes de mi casa, quizá me decidiría por un paisaje.
Hay en los paisajes de Ferre Clauzel una densidad cromática alucinante; virtuosismo en el
tratamiento de las cristalinas aguas, genialidad para llenar los espacios de bosque,
temperamento romántico al sugerir escenarios fantásticos, luz que se desintegra dando lugar
a nieblas sustraídas de antiguas leyendas celtas. Panorámicas, en definitiva, que trasportan al
espectador a mundos donde el alma olvida que está encerrada en la prisión de un cuerpo,
soñando con ese más allá en el que las religiones dicen que está nuestro verdadero hogar.
José Ferre Clauzel hace, por tanto, que las heridas de quienes contemplan su arte se
abran de par en par, manando por ellas la nostalgia guardada en lo más recóndito de nuestro
cuerpo, y que solo pueden ser restauradas precisamente por la belleza que brota de sus
pinturas y cuadros. Por eso el arte es una trampa. Una forma de magia. Una antena que nos
conecta con algo superior, situado para los mortales en lo más alto.
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