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Todas sus pinturas merecen un
estudio independiente. Regimiento de
Lusitania es una obra conmovedora. En ella
sobresalen todos aquellos elementos que
hacen de Ferre Clauzel un pintor único. La
maestría para pintar caballos, la elegancia de
sus composiciones, la gallardía del soldado a
lomos de la bestia, la expresividad de sus
pinturas de guerra, el detalle fotográfico, y
un entorno romántico elaborado a partir de
un bosque otoñal y brumoso de irresistibles
tonos pardos. Sus cuadros a veces parecen
escenas salidas del cine, historia viva traída
a los ojos y la mente. No son obras fáciles de
olvidar. Se graban en la frente como el
perfume de una mujer a la que se ama con
intensidad.
Húsar de Ontoría es un cuadro
similar. Tan precioso como su antecedente.
El entorno esta vez es invernal. La nieve
abriga los árboles de un bosque en el que se
encuentra un húsar a lomos de su corcel,
cuyas patas están hundidas en la nieve. La
escena parece surgida de un cuento donde se hable de hadas o duendes, y sin embargo se
trata de pintura histórica de estilo realista. Esta idealización me parece sublime. Apenas se fija
la mirada en los detalles del uniforme, de los más exuberantes que ha vestido la infantería
española. La expresión grave del soldado no lo permite. Éste nos está indicando que cumple
con una misión importante. Pero el fondo
inmaculado sirve de contraste para que se realce
el colorido de su bello uniforme. Y entre las ramas
desnudas de los silentes árboles del bosque,
aparece esa niebla fantástica que solo es capaz de
sugerir Ferre Clauzel.
La serie de 5 cuadros conocida como
Waterloo, conmemorando la célebre batalla de
1815 entre las tropas napoleónicas y las del resto
de Europa, denominadas la Séptima Coalición —
engrosada por soldados británicos, holandeses y
alemanes—, cuenta con algunos de los mejores
cuadros de este maestro hispano-francés.

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