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Los
soldados
uniformados
totalmente de negro forman parte de la
leyenda de la historia militar. A esta
tropa se la conoce como La banda
negra. Fueron creados expresamente
por el duque de Brunswick para hacer
frente a la infantería napoleónica. Al
parecer, a tal extremo llegaba el odio
del duque (Karl Wihelm Ferdinand)
hacia Napoleón, que instituyó esta unidad de infantería legendaria vistiéndolos de negro y
adoptando la calavera como distintivo principal del regimiento. La escena es irrepetible.
Pero José Ferre Clauzel no es solo un maestro pintando historia militar. El detalle y la
viveza que alcanzan sus retratos parece increíble. Todo su arte rebosa autenticidad. Sus
cuadros confiesan discretamente que su
creador es un hombre apasionado y con
algún tipo de herida en el corazón por la
que se vierten delicadamente gotas de
nostalgia. Nostalgia que el artista francés
trata de curar creando belleza. Sus
bodegones en este sentido son
transparentes. Hablan del autor del
mismo modo que una cara suele ser el
espejo del alma. En estas naturalezas
muertas todo es equilibrio y elegancia.
Ferrez Clauzel continúa la tradición y
vuelca en ella su personal aliento de
artista, lejos de los insultantes bodegones
vanguardistas. Uno no comprende cómo
el bodegón cubista de Juan Gris está
expuesto en el Museo Thyssen
Bornemisza de Madrid y las maravillosas creaciones de este artista no son reclamadas para
ser protagonistas en espacios ése. Aquí los manteles son tan exquisitos como los racimos de
uvas sabiamente dispuestos, las hermosas y fugaces flores que parecen querer inmortalizarse,
y los magníficos reflejos urdidos en el cristal de los jarrones. Son bodegones bellos que
consiguen sosegar el alma del espectador y acunarla en un mar de colores sugestivos y
maternales.
Pintar caballos es otro de sus dones. No en vano, el caballo es el animal más bello de la
Tierra, y según las mitologías más importantes, el animal preferido de los dioses. Cualquiera
de los hermosos corceles surgidos de los pinceles de Ferre Clauzel ilustraría nuestra
imaginación leyendo la Ilíada. Viendo sus cuadros pensamos en Janto, el caballo de Aquiles; en
Bucéfalo, el de Alejandro Magno. Bellísimas bestias que el artista francés inserta en fondos
etéreos y mágicos.
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