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con la propia espada de Goliat, lo decapitó y volvió al campamento con la cabeza y la espada del
gigante como trofeos de guerra. (1Sa 17:45-54; GRABADO, vol. 1, pág. 745.)
Debe mencionarse que la Septuaginta (según el manuscrito griego del siglo IV Vaticano 1209)
omite desde 1 Samuel 17:55 hasta la palabra “filisteo” de 1 Samuel 18:6a. A este respecto, la Biblia
de Jerusalén dice: “La antigua versión griega omitía 17:55–18:5”. El traductor de la Biblia James
Moffat va más allá al afirmar que estos versículos son “añadiduras redaccionales o interpolaciones
posteriores”. Sin embargo, hay pruebas que respaldan la lectura de este pasaje que se recoge en el
texto masorético. (Véase SAMUEL, LIBROS DE [Secciones que faltan en la Septuaginta].)
Fugitivo. (MAPA, vol. 1, pág. 746) Estos acontecimientos en seguida lanzaron a David del
anonimato de pastor al protagonismo ante los ojos de todo Israel. Colocado delante de los hombres
de guerra, se recibió a David con danzas y regocijo cuando volvió de una expedición victoriosa contra
los filisteos. Un canto popular fue: “Saúl ha derribado sus miles, y David sus decenas de miles”. (1Sa
18:5-7.) “Todo Israel y Judá amaban a David”, y Jonatán, el propio hijo de Saúl, celebró con él un
pacto de amor y amistad mutuos de por vida, cuyos beneficios se extendieron a Mefibóset y Micá, el
hijo y el nieto de Jonatán respectivamente. (1Sa 18:1-4, 16; 20:1-42; 23:18; 2Sa 9:1-13.)
Esta popularidad despertó la envidia de Saúl, quien continuó “mirando a David [...] con sospecha
desde aquel día en adelante”. Por dos veces arrojó una lanza con la intención de clavar a David en
la pared mientras este tocaba el arpa como en ocasiones anteriores, pero en ambas ocasiones
Jehová lo libró. Saúl había prometido que daría su hija a aquel que matase a Goliat, pero entonces
se mostraba reacio a dársela a David. Por fin consintió en que David se casase con su segunda hija,
con tal de que le llevase “cien prepucios de los filisteos”, una petición irrazonable que creyó que
significaría la muerte de David. Sin embargo, el valeroso David dobló la dote: se presentó a Saúl con
doscientos prepucios, y se casó con Mical. Por lo tanto, dos de los hijos de Saúl, movidos por amor,
habían celebrado pactos con David, y esto hizo que se acrecentase aún más el odio de Saúl. (1Sa
18:9-29.) Cuando David estaba de nuevo tocando ante Saúl, el rey procuró clavarle en la pared por
tercera vez. Por esta razón, David huyó al amparo de la noche, y solo volvería a ver a Saúl en
circunstancias muy diferentes y, en cierto modo, extrañas. (1Sa 19:10.)
Después de estos incidentes, David vivió en continua huida de un lugar a otro durante varios años,
sufriendo la persecución implacable de un rey terco y malvado que estaba resuelto a matarle. Primero
David se refugió con el profeta Samuel en Ramá (1Sa 19:18-24), pero cuando este dejó de ser un
escondite seguro, se dirigió a la ciudad filistea de Gat, deteniéndose en el camino para ver al sumo
sacerdote Ahimélec en Nob, donde obtuvo la espada de Goliat. (1Sa 21:1-9; 22:9-23; Mt 12:3, 4.) Sin
embargo, para salir con vida de Gat, tuvo que pasar por loco, haciendo con torpeza signos de cruz
en la puerta y dejando correr la saliva por la barba. (1Sa 21:10-15.) Los Salmos 34 y 56 de David se
basan en esta experiencia. Luego huyó a la cueva de Adulam, donde su familia y unos cuatrocientos
hombres desafortunados y angustiados se unieron a él. Puede que tanto el Salmo 57 como el 142
aludan a su estancia en esta cueva. David continuó en constante movimiento, desde allí hasta Mizpé,
en Moab, y después volvió al bosque de Héret, en Judá. (1Sa 22:1-5.) Mientras vivía en Queilá, se
enteró de que Saúl estaba preparándose para atacar, después de lo cual él y sus hombres, que en
ese momento ascendían a unos seiscientos, salieron hacia el desierto de Zif. Saúl continuó la
persecución de un lugar a otro, desde el desierto de Zif, en Hores, hasta el desierto de Maón. Cuando
estaba a punto de capturar a su presa, llegó el informe de una incursión filistea. Como resultado,
abandonó por un tiempo la persecución, lo que permitió al fugitivo escapar a En-guedí. (1Sa 23:129.) Los hermosos salmos de alabanza a Jehová por proveer liberación milagrosa se basan en este
tipo de experiencias. (Sl 18, 59, 63, 70.)
Fue en En-guedí donde Saúl entró en una cueva para hacer del cuerpo. David, escondido al fondo
de la cueva, se acercó silenciosamente y cortó la falda de la prenda de Saúl, pero le perdonó la vida.
Dijo que era inconcebible de su parte hacerle daño al rey, porque “es el ungido de Jehová”. (1Sa
24:1-22.)
Después de la muerte de Samuel. Después de la muerte de Samuel, David, todavía exiliado,
empezó a morar en el desierto de Parán. (Véase PARÁN.) Nabal, un rico ganadero establecido en
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