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Revista Número 3
KAMINU LIMAY
cambiáramos de rutina, así que no fuimos a bailar y no salimos con
los amigos, sino que fuimos ella y yo a un bar rockero y decidí que
me emborracharía y vomitaría todo ese jueves malogrado gracias
al cambio de Lisa. Desperté en mi cama y junto a mi estaba Lisa,
desnuda, y era domingo. Y me volví a dormir. Por cierto recordé
que a Lisa le gustaban los sábados y no recuerdo ese sábado, ni me
preocupaba por recordarlo. Y si despertaba el domingo junto a ella,
era porque me había esforzado el sábado o simplemente que ella
se quedó dormida, como sucedió ese primer domingo cuando nos
alcanzó el amanecer.
Lisa me despertó y había preparado el desayuno, puso una película
que no entendí y sólo la vi por pedazos, me levanté y fui al baño
y leí dos páginas de un libro que tenía allí, entonces comprendí
que a Lisa la habían mordido las pirañas de la inmundicia sicópata
del amor no correspondido, se había encochinado de un amor
adolescente, el que hacía mucho tiempo había tirado al cucho de la
cama donde encontré a Lisa esa mañana. Me bañé y salí desnudo a
la cama, le hice el amor y reafirmé que ya no era Lisa Torres, la de
los jueves, era Lisa Lunes y olía a tedio, sudaba morfina sentimental
y su piel sabía a rosas y no le perdonaba que no hubiera hecho que
me esforzara por ganarme el amanecer del domingo con ella. Había
muerto para llevarse todos mis muertos, había hecho una acción
lógica dentro de la lógica de su desordenado comportamiento, había
amorizado el sexo, había cambiado de perfume, de sabor y, para
rematar, había dibujado una escritura de remembranza en mi piel;
jamás olvidaría a Lisa Torres, la de los jueves, me preocupé y me
importó todo, me estaba suspendiendo en su cariño, no entendía la
única voz que le había quedado, me dio miedo no extrañarla nunca
más, entonces la tomé del cabello y así, desnuda como estaba, la
eché del departamento y le dije and nothing else matters.
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