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Revista Número 3
KAMINU LIMAY
F
ue un 30 de septiembre, uno de los más lluviosos. La lluvia
caía a torrentes; todo el mes no había dejado de llover, ni un
sólo instante. Todos, en el bosque, no sabían qué hacer, pues
ya sus raíces estaban pudriéndose por la humedad. El río se había
desbordado y amenazaba con arrancarlos de raíz; muchos jóvenes
no podían sostenerse en pie y caían. Su cuerpo pesado era imposible
de soportar y sus ramas se arrastraban en el barro.
Pero, en el fondo del bosque, se erguía majestuoso un gran árbol,
uno de los más viejos y veteranos de la región; su corteza roñosa
y fuerte permitía que anidara y viviera toda clase de seres vivos.
Algunos cuentan que era tan viejo que existía desde cuando Dios
creó a todas las cosas y, por eso, dicen también que era el más sabio.
— Claro, — dijeron algunos, — si a él, por estar en el centro, todos
lo protegemos, recibe la mejor luz, se alimenta con los mejores
nutrientes —. Criticaban todos en el bosque.
En el firmamento, una luz apenas se podía distinguir entre las
nubes y se acercaba hacia el bosque. Los árboles la miraron.
— ¡Qué hermoso esplendor se está acercando a nosotros! —. Cada
uno de ellos comenzó a opinar.
— Es una estrella, — dijeron algunos.
— No, es la luz de Dios — argumentaron otros.
— Mejor, preguntémosle a Lucas.
Los más jóvenes le preguntaron.
— ¿Qué piensa usted, qué es lo que se está acercando?
— No estoy seguro, — contestó, — es algo ridículo lo que pienso…
— Pero dilo, por favor — dijeron los demás habitantes del bosque.
— Bueno, está bien: pienso que es un ángel.
— No nos hagas reír, Lucas. No seas tan ridículo, los ángeles no
existen. — La luz continúo acercándose, y así les dijo:
— Soy un ángel. — Luego se acercó aún más:
— Sí existimos, Lucas tiene razón. — Todos quedaron sorprendidos.
— Bueno, a lo que vine. Les digo que no deben temer, la lluvia
calmará muy pronto y todo volverá a ser como antes, — les dijo.
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