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Leyendas de los 9 Reinos: 1ª Leyenda - Libro 1
A los pies del telar, tejiendo estaba otra extraña figura, también cubierta por un manto oscuro
que la cubría de arriba abajo, cuando nos acercamos, gira la cabeza lentamente hacia nosotros, que
estamos a su espalda, y se levanta lentamente, agarrándose los riñones, debe de haber estado
tejiendo mucho tiempo. Se yergue y se oye un crujido en sus caderas, lo que parece aliviarla un
poco, una vez relajada toma una postura que será la más natural para ella, aunque no parece nada
natural, ya que la curva que le hace su espalda en la zona de los hombros es demasiado anormal, la
cual destaca más si cabe con un cuerpo delgado y alargado muy parecido al de un suricato. Se da la
vuelta y nos mira atentamente, se gira y coge unas grandes tijeras de la mesa, y saca un largo hilo
más grueso de lo normal del telar y lo corta, con un movimiento muy hosco, como si en lugar de
cortar un simple hilo cortara la cuerda de un piano. Vuelve a meter el hilo cortado en el tapiz y se
vuelve hacia nosotros otra vez, y esta vez viene con gran tranquilidad hacia nosotros. A diferencia
de la que ya conocíamos, ésta es muy alta, creo que le saca unos cuantos dedos a mi guardián, que
no es precisamente bajo. Tiene una nariz larga y picuda, y una dentadura poco cuidada con dientes
torcidos, pero parece tenerlos todos, a diferencia de su hermana. Nos examina minuciosamente y
deja escapar un chasquido de lengua.
—Menudas pintas, ¿así venís a pedirnos un favor? —Nos dijo a ambos, claramente enfadada,
centrándose en mí.
Es cierto que nuestro aspecto dista mucho de adecuado para presentarse ante nadie, mucho
menos de alguien de categoría. Originariamente nuestro atuendo era imponente, yo llevo un vestido
de color esmeralda con una capa de color verde hoja, con el símbolo grabado de la espada delante
del escudo con un casco pintado. También llevo grebas bañadas en plata para protegerme las
piernas, los escarpes de los pies tuve que quitármelos, era imposible correr con los dos puestos, así
que solo llevo sandalias, perdí la escarcela de la cintura y el peto del pecho en la batalla, pero aún
conserva las hombreras y guanteletes, desde un principio no llevé cimera en el cuello ni casco en la
cabeza, en la que solo lleva un armatoste que llamaban corona, aunque nunca me lo pareció ni
consideré adecuado llevarlo. Así que llevo algunas partes de armadura y otras no, la ropa hecha
girones y mucha sangre seca por todo el cuerpo, el pelo hecho un asco, como era de esperar, y con
más mugre que piel en la cara. El caso de mi guardián es peor todavía, conserva casi toda su
armadura, salvo el casco, pero decir que la mayor parte estaba colgando no era exagerar, estaba
agrietada por todas partes, con daños especialmente graves en el hombro derecho y su costado
izquierdo, aunque afortunadamente, según él, gracias a la calidad de la armadura y la cota de mallas
que lleva debajo no recibió más daño que el de un buen puñado de moratones. Lleva barba de varios
días y un pelo más largo de lo normal en él, que le llega a tapar los ojos, y está tan mugriento como
yo, también tiene mucha sangre seca por todo el cuerpo, aunque afortunadamente en su caso, no es
suya. Su armadura originalmente estaba bañada en plata, y lleva una capa rojo oscuro hecha jirones,
con las dos grandes espadas negras, únicas que le dio el Guardián de las Almas a su padre. Dos
espadas, con una longitud similar a la de sus piernas, sin contar el mango, con una forma poco
frecuente, con el filo muy inclinado hacia delante haciendo una curvatura hacia atrás hasta la altura
del mango, con filos como dientes en la parte más extrema, acabada en punta, siendo una espada de
doble filo.
—¡Laquesis! ¿Qué horas son estas? —Le espeta a su hermana, que se ha puesto entre ella y yo
sin que me diera cuenta siquiera.
—Oh, por favor, no seas tan gruñona, Átropos. —Le responde su hermana haciendo un gesto con
la mano, moviéndola de arriba abajo, seria, pero no enfadada. — Y menos con unos invitados, para
una vez que tenemos unos. — Dijo mientras hacía un desaire de exasperación.
— Deberíais haber llegado hace horas. — Le increpa Átropos a su hermana.
— Tenemos todo el tiempo del mundo, no es que fuera a anochecer por llegar un poco más tarde,
¿verdad? —Responde con tranquilidad Laquesis.
Ahora que dice eso me doy cuenta de que el sol no se ha movido en estas horas, hace tiempo que
debería haber anochecido del todo, pero sigue estando el sol a medio ocultarse.
Darío Ordóñez Barba

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