Mundo nexo 1.pdf


Vista previa del archivo PDF mundo-nexo-1.pdf


Página 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12

Vista previa de texto


Leyendas de los 9 Reinos: 1ª Leyenda - Libro 1
cuanto más nos acercamos más logro discernir una boca con pocos dientes y una risita incesante, lo
cual me pone aun más nerviosa. Comienzo a pensar en miles de posibilidades, de quien puede ser, si
es quién yo creo por qué actúa así, de qué haré si no estamos donde deberíamos y esto no es más
que otra trampa… Hasta que sin darme cuenta me pongo a un par de metros de ella. Nunca he sido
alta, tampoco me he considerado bajita en comparación con la mayoría del resto de mujeres, pero
tampoco alta, por eso me sorprende ver que esta extraña anciana apenas me llega a la cintura.
Quiero iniciar la conversación presentándome y siendo tan respetuosa como si estuviera antes uno
de Los Doce, y salir de dudas, saber si es a quien busco, pero ella se me adelanta.
—Lo soy —Dice la pequeña anciana entre risas.
Desde que estoy lo suficientemente cerca como para oírla, no ha parado de soltar esa risita, la
cual me empieza a irritar. ¿Me está dando a entender que mi situación le parece cómica? ¿O que
haya venido a ella? Suponiendo que diga la verdad. No hace falta que me dé la vuelta para darme
cuenta de que mi guardián está tan molesto como yo.
No quiero que ese “Lo soy” sea la respuesta a otra pregunta que ella se esté imaginando, así que
lo pregunto en voz alta sin reparos.
—Mi Señora, mi acompañante y yo venimos de muy lejos hasta esta tierra porque andamos
buscando a las Tres Tejedoras. ¿Es usted una de ellas? — Le pregunto conservando aun una postura
solemne como bien he aprendido a aparentar en cualquier situación en las últimas décadas.
—¿”Mi Señora”? — Pregunta intentando sin éxito contener una carcajada — Vamos, vamos,
jovencita, no hace falta que me trates con tanta formalidad. Te has ganado con creces poder
tutearme a mí y a mis hermanas. Tengo que reconocer que tu historia es una de mis favoritas —
Dicho esto le guiñó un ojo y volvió a soltar su risita “jijijijijijiji”. — Y como ya te he dicho antes,
sí, lo soy.
Tengo que admitir que esta respuesta me ha tranquilizado un poco, aunque no a mi guardián. A
él nunca le hizo mucha gracia jugar con el destino, si bien aceptó ya que la otra opción era mucho
peor. No pondrá objeciones, pero no estará tranquilo hasta salir de esta tierra, lejos de estos tres
seres que hasta Los Doce temen.
—Habéis dicho “mi historia”, ¿significa eso que sabéis quién soy y el motivo de mi presencia
aquí? — Pregunto sin rodeos.
La anciana vuelve a soltar su risita y contesta:
— Pues claro, mi pequeña y dulce Mine. Pobre de ti si no pudiera responderte ni a esto, ¿verdad?
— Respondió mostrando sincero orgullo.
—¿Nos ayudarás, pues? — Pregunto con el corazón en un puño.
—Pues claro. — Respondió entre risitas mientras me cogía la mano derecha y me la acariciaba
con dulzura.
Lo cual no me hizo demasiada gracia, el saber quien era no hacía más que mantener en lo más
alto mi sentido del peligro, aunque si bien no parecía una amenaza en lo más mínimo, si al menos
una de cada cien historias que cuentan de ellas es cierta, debo desconfiar de cada una de sus
palabras.
—¿Cómo iba a negarle tan poca cosa a la niña de los ojos de Padre? — Dijo mientras me soltaba
la mano y se daba la espalda.
No sé que me preocupó más, si la impresión de que le molestara que el Padre de Todos me
hubiera cogido algo de cariño, o el hecho de que no hubiera soltado su risita ni antes ni después de
ese comentario.
—Vamos, no os quedéis ahí pasmados, tenemos mucho de lo que hablar, ¿no querréis estar todo
el rato ahí de pie y sin algo de comida en el estómago, ¿verdad? Estáis los dos demasiado delgados,
pero no os preocupéis, mis hermanas y yo os pondremos bien gorditos. — Dijo con una sonrisa más
propia de una niña traviesa que de una anciana, y esta vez, sí que vino acompañado de su risita.
La cosa parece avanzar favorablemente, así que me relajo un poco, la anciana va avanzando a
paso lento, directa a la que estoy segura que es nuestra única esperanza, o mi mayor error, pero
Darío Ordóñez Barba

Page 2