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Dr. MÁXIMO PERCOVICH

sobre lo que pasó, pero la auténtica verdad es que estamos lejos de lo que se
necesita para ser protagonistas en la alta competencia8.

Uruguay, el primer local campeón.
La condición de anfitrión de cualquier torneo siempre pesa en múltiples aspectos, aunque difícilmente una selección o equipo pueda quedarse con el título
en disputa si no dispone fundamentalmente del material humano adecuado para
ello. En las copas mundiales se registraron hasta el momento un total de seis
consagraciones locales sobre diecinueve torneos disputados, lo que porcentualmente significa un 31,5% de los casos. Este valor ha decrecido notoriamente en
las últimas décadas, dado que selecciones muy fuertes como Italia y Alemania en 1990 y 2006 respectivamente- no lograron el objetivo de coronarse campeones en su propia tierra pese a haber sido amplios favoritos.
Los equipos locales por lo general resultan generosamente beneficiados por
el entorno que comprende un público casi totalmente adicto a sus intereses, pero
también por árbitros que no tienen la capacidad para sustraerse a las presiones
que sobre ellos se ejercen y por sorteos de fixtures que “milagrosamente” les
otorgan rivales débiles en las primeras instancias, pero sobre todos estos aspectos
iremos historiando a su debido tiempo.
Uruguay resultó ser el primer local campeón, coincidiendo este hecho con la
realización del también primer mundial. Cuatro años más tarde -dentro de un
contexto totalmente politizado, con un dictador en el poder empeñado en reconstruir el Imperio Romano- Italia igualaría la hazaña celeste, pero deberían pasar
treinta y dos años antes de que el mismo acontecimiento se repitiera teniendo
esta vez a Inglaterra – país inventor del fútbol - como protagonista. El fracaso
más estrepitoso fue el que sufrió Brasil en el mítico campeonato de 1950, habiendo sido la consagración francesa de 1998 la última vez en que un país pudo
obtener el doble disfrute del éxito tanto en lo futbolístico como en lo organizativo.
En la final de 1930 en Montevideo se midieron dos selecciones que eran viejas conocidas entre sí, no solamente por la cercanía geográfica y la asiduidad con
la que se enfrentaban en las justas continentales, sino también por haber sido las
mismas que dos años atrás bregaran por la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Ámsterdam. En aquella oportunidad Uruguay doblegó a Argentina luego
de dos partidos, pero el poderío de la escuadra albiceleste seguía siendo tan importante que nadie podía asegurar en lo previo que los uruguayos lograran
confirmar su superioridad. Según varias crónicas de la época, en Montevideo se

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Diario El País – Montevideo – Uruguay – Comentario de Juan H. Alfonzo – 26 de junio de 1990.

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