El mito del condon.pdf

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pretender que los jóvenes descubran una visión de la sexualidad basada sobre el amor y la
responsabilidad, y al mismo tiempo repartir condones en los colegios.
Existe pues, una intención clara de tapar a toda costa la boca a la Iglesia. Su atrevimiento para criticar
duele. Parece, que está resultando, que cuando creíamos superados todos los tabúes con respecto al
sexo, ahora el tabú que se impone es el cerrar filas alrededor del condón, y ay del que discrepe. La
fidelidad a la pareja se considera irreal, pero se exige fidelidad total al condón.
No es infrecuente que haya personas que preocupadas por la extensión del SIDA opinen que la Iglesia
debería reconsiderar su condena del uso del condón, como si muchas personas hubieran tenido esta
norma moral en mente cuando se contagiaban del SIDA. Pero afirmaciones de este tipo circulan por los
medios de comunicación alegremente, sin que prácticamente nadie se atreva a desenmascarar la insidia y
la sinrazón que se esconde. Si analizamos el SIDA en África, debemos pensar que la influencia de la
Iglesia católica se circunscribe al 15,6% de la población total de África. ¿Alguien se atrevería a afirmar
que la epidemia del SIDA está azotando en mayor medida a la población católica que a la musulmana o a
la animista? Es más, las autoridades sanitarias de las Naciones Unidas están ocultando a la opinión
pública diversas estadísticas en las que se demuestra que la comunidad católica sufre en menor medida
la plaga del SIDA. Es lógico que la predicación moral católica en favor de la monogamia y de la castidad
tenga sus efectos positivos, en medio de unos ambientes de una promiscuidad generalizada.
En el caso de los católicos alejados de la práctica religiosa y de la vivencia de sus principios morales,
¿cabe suponer que quien es infiel a su mujer, vaya a respetar la norma moral católica contraria al condón,
y que pueda llegar a contaminarse por mantenerse fiel a sus principios religiosos? Esa hipótesis es
absurda. Evidentemente, quien no tiene escrúpulo alguno en ir con una prostituta, ni se planteará la
cuestión de la moralidad del condón. Por tanto, acusar a la Iglesia católica de la extensión del SIDA es
algo absurdo; y más bien, es una maniobra para negarse a reconocer la realidad bien contraria: sin la
moral católica, la sociedad sería más promiscua y, en consecuencia, el SIDA estaría mucho más
extendido.
Juan Manuel de Prada es un escritor rebelde, sin pelos en la lengua. De él son los siguientes comentarios
en relación a posibles cambios de moralidad.
Cierta estupidez contemporánea, muy propagada y admitida, según la cual las convicciones ideológicas y
morales pueden amoldarse a la circunstancia concreta, como si fuesen tabletas de chicle que se estiran y
encogen elásticamente, al gusto del consumidor. Hasta hace poco, la deslealtad a esas convicciones era
tildada de oportunismo; hoy, a quienes la profesan se les tacha de intransigentes, inmovilistas,
retrógrados y no sé cuántas lindezas más. El relativismo en que plácidamente nos hemos instalado
propicia la confusión entre convicciones y meros usos sociales; así, se considera igualmente carca a
quien se resiste a abdicar de prejuicios anacrónicos y a quien defiende valerosamente sus ideas. Este
relativismo comodón se ha extendido a todos los ámbitos de la vida, aun a los más sagrados; lo que antes
eran consideradas componendas innobles o veleidades de tontaina hoy se reputan como síntomas de
«tolerancia», de «amplitud de miras», de «inteligencia práctica». Hay que empezar a reivindicar la
intransigencia como virtud; porque la transigencia ha dejado de ser aquella capacidad para consentir en
parte con lo que se cree justo, razonable y verdadero, y se ha convertido en sinónimo de tragaderas, de
lasitud ideológica, de sincretismo moral, de mistificación y endeblez, de papanatismo y sumisión a las
modas que convienen.
La figura del veleta, antaño tan execrada, se erige hoy en modelo de conducta. No importa que los
comportamientos fácilmente mudables se apliquen a asuntos menores o a principios incontrovertibles;
importa, ante todo, «adecuarse a los tiempos». Cada vez con mayor frecuencia me tropiezo con personas
a las que creía amigas que, ante la defensa apasionada de una idea por mi parte, atribuyen ese
apasionamiento a circunstancias de la edad: «Es que todavía eres muy joven —me dicen—. Ya
cambiarás». No entienden que el cambio biológico en nada puede afectar a una serie de convicciones que
justifican una vida; sobre su cimiento se asienta lo que uno es, para bien o para mal, y sobre ese cimiento
crece el hombre que uno quiere ser. Todas estas reflexiones me vinieron a la cabeza, en indignado tropel,
mientras escuchaba a aquel chisgarabís radiofónico que aconsejaba «adecuación a los tiempos», como si
la pildorita llamada del «día después» fuese lo mismo que la minifalda o el top-less. Quizá los politicastros
que autorizan o desautorizan su venta, después de «pulsar la demanda social», así lo crean; nosotros, los
intransigentes, no.
En Junio del 2000 fue controvertido y confuso un folleto de la Comisión Pastoral de Sida de la Conferencia
Nacional de Obispos del Brasil (CNBB), en la que se expresa un matizado respaldo al uso del condón
como manera de combatir el SIDA. Ello dio pie al Vaticano para transmitir de nuevo la doctrina católica
sobre este punto. Mons. Lozano Barragán, Presidente del Pontificio Consejo para la Pastoral de Salud de
la Santa Sede, señaló que la doctrina de la Iglesia no ha cambiado: el condón no es un medio para
combatir el SIDA. El representante del Vaticano señaló que el uso de condones, en cualquier
