1965 12 07, Concilium Vaticanum II, Constitutiones Decretaque Omnia, ES (1).pdf

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primarios de los hombres, y sobre todo de los niños y de los padres con respecto a la
educación. Como aumenta rápidamente el número de los alumnos, se multiplican por doquier
y se perfeccionan las escuelas y otros centros de educación.
Los métodos de educación y de instrucción se van perfeccionando con nuevas
experiencias. Se hacen, por cierto, grandes esfuerzos para llevarla a todos los hombres,
aunque muchos niños y jóvenes están privados todavía de la instrucción incluso fundamental,
y de tantos otros carecen de una educación conveniente, en la que se cultiva a un tiempo la
verdad y la caridad.
Ahora bien, debiendo la Santa Madre Iglesia atender toda la vida del hombre, incluso
la material en cuanto está unida con la vocación celeste para cumplir el mandamiento
recibido de su divino Fundador, a saber, el anunciar a todos los hombres el misterio de la
salvación e instaurar todas las cosas en Cristo, le toca también una parte en el progreso y en
la extensión de la educación. Por eso El Sagrado Concilio expone algunos principios
fundamentales sobre la educación cristiana, máxime en las escuelas, principios que, una vez
terminado el Concilio, deberá desarrollar más ampliamente una Comisión especial, y habrán
de ser aplicados por las Conferencias Episcopales y las diversas condiciones de los pueblos.
Derecho universal a la educación y su noción
1.
1. Todos los hombres, de cualquier raza, condición y edad, en cuanto participantes de
la dignidad de la persona, tienen el derecho inalienable de una educación, que responda al
propio fin, al propio carácter; al diferente sexo, y que sea conforme a la cultura y a las
tradiciones patrias, y, al mismo tiempo, esté abierta a las relaciones fraternas con otros
pueblos a fin de fomentar en la tierra la verdadera unidad y la paz. Mas la verdadera
educación se propone la formación de la persona humana en orden a su fin último y al bien
de las varias sociedades, de las que el hombre es miembro y de cuyas responsabilidades
deberá tomar parte una vez llegado a la madurez.
Hay que ayudar, pues, a los niños y a los adolescentes, teniendo en cuanta el progreso
de la psicología, de la pedagogía y de la didáctica, para desarrollar armónicamente sus
condiciones físicas, morales e intelectuales, a fin de que adquieran gradualmente un sentido
más perfecto de la responsabilidad en la cultura ordenada y activa de la propia vida y en la
búsqueda de la verdadera libertad, superando los obstáculos con valor y constancia de alma.
Hay que iniciarlos, conforme avanza su edad, en una positiva y prudente educación sexual.
Hay que prepararlos, además, para la participación en la vida social, de forma que,
bien instruidos con los medios necesarios y oportunos, puedan participar activamente en los
diversos grupos de la sociedad humana, estén dispuestos para el diálogo con los otros y
presten su fructuosa colaboración gustosamente a la consecución del bien común.
Declara igualmente el Sagrado Concilio que los niños y los adolescentes tienen
derecho a que se les estime a apreciar con recta conciencia los valores morales y a aceptarlos
con adhesión personal y también a que se les estimule a conocer y amar más a Dios. Ruega,
pues, encarecidamente a todos los que gobiernan los pueblos o estén al frente de la
educación, que procuren que la juventud nunca se vea privada de este sagrado derecho. Y
exhorta a los hijos de la Iglesia a que presten con generosidad su ayuda en todo el campo de
