1965 12 07, Concilium Vaticanum II, Constitutiones Decretaque Omnia, ES (1).pdf

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la educación, sobre todo con el fin de que puedan llegar cuanto antes a todos los rincones de
la tierra los oportunos beneficios de la educación y de la instrucción.
La educación cristiana
2.
2. Todos los cristianos, en cuanto han sido regenerados por el agua y el Espíritu Santo
han sido constituidos nuevas criaturas, y se llaman y son hijos de DIos, tienen derecho a la
educación cristiana. La cual no persigue solamente la madurez de la persona humana arriba
descrita, sino que busca, sobre todo, que los bautizados se hagan más conscientes cada día
del don de la fe, mientras son iniciados gradualmente en el conocimiento del misterio de la
salvación; aprendan a adorar a Dios Padre en el espíritu y en verdad, ante todo en la acción
litúrgica, adaptándose a vivir según el hombre nuevo en justicia y en santidad de verdad, y
así lleguen al hombre perfecto, en la edad de la plenitud de Cristo y contribuyan al
crecimiento del Cuerpo Místico. Ellos, además, conscientes de su vocación, acostúmbrense a
dar testimonio de la esperanza y a promover la elevación cristiana del mundo, mediante la
cual los valores naturales contenidos en la consideración integral del hombre redimido por
Cristo contribuyan al bien de toda la sociedad.
Por lo cual, este Santo Concilio recuerda a los pastores de almas su gravísima
obligación de proveer que todos los fieles disfruten de la educación cristiana y, sobre todo,
los jóvenes, que son la esperanza de la Iglesia.
Los educadores
3.
3. Puesto que los padres han dado la vida a los hijos, están gravemente obligados a la
educación de la prole y, por tanto, ellos son los primeros y principales educadores. Este deber
de la educación familiar es de tanta trascendencia que, cuando falta, difícilmente puede
suplirse. Es, pues, obligación de los padres formar un ambiente familiar animado por el amor,
por la piedad hacia Dios y hacia los hombres, que favorezca la educación íntegra personal y
social de los hijos. La familia es, por tanto, la primera escuela de las virtudes sociales, de las
que todas las sociedades necesitan.
Sobre todo, en la familia cristiana, enriquecida con la gracia del sacramento y los
deberes del matrimonio, es necesario que los hijos aprendan desde sus primeros años a
conocer la fe recibida en el bautismo. En ella sienten la primera experiencia de una sana
sociedad humana y de la Iglesia. Por medio de la familia, por fin, se introducen fácilmente en
la sociedad civil y en el Pueblo de Dios. Consideren, pues, atentamente los padres la
importancia que tiene la familia verdaderamente cristiana para la vida y el progreso del
Pueblo de Dios.
El deber de la educación, perteneciente, en primer lugar, a la familia, necesita de la
ayuda de toda la sociedad. Además, pues, de los derechos de los padres y de aquellos a
quienes ellos les confían parte en la educación, ciertas obligaciones y derechos corresponden
