1965 12 07, Concilium Vaticanum II, Constitutiones Decretaque Omnia, ES (1).pdf

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Después de su caída alentó en ellos la esperanza de la salvación, con la promesa de la
redención, y tuvo incesante cuidado del género humano, para dar la vida terna a todos los que
buscan la salvación con la perseverancia en las buenas obras. En su tiempo llamó a Abraham
para hacerlo padre de una gran pueblo, al que luego instruyó por los Patriarcas, por Moisés y
por los Profetas para que lo reconocieran Dios único, vivo y verdadero, Padre providente y
justo juez, y para que esperaran al Salvador prometido, y de esta forma, a través de los siglos,
fue preparando el camino del Evangelio.
Cristo lleva a su culmen la revelación
4.
4. Después que Dios habló muchas veces y de muchas maneras por los Profetas,
"últimamente, en estos días, nos habló por su Hijo". pues envió a su Hijo, es decir, al Verbo
eterno, que ilumina a todos los hombres, para que viviera entre ellos y les manifestara los
secretos de Dios; Jesucristo, pues, el Verbo hecho carne, "hombre enviado, a los hombres",
"habla palabras de Dios" y lleva a cabo la obra de la salvación que el Padre le confió. Por
tanto, Jesucristo - ver al cual es ver al Padre -, con su total presencia y manifestación
personal, con palabras y obras, señales y milagros, y, sobre todo, con su muerte y
resurrección gloriosa de entre los muertos; finalmente, con el envío del Espíritu de verdad,
completa la revelación y confirma con el testimonio divino que vive en Dios con nosotros
para librarnos de las tinieblas del pecado y de la muerte y resucitarnos a la vida eterna.
La economía cristiana, por tanto, como alianza nueva y definitiva, nunca cesará, y no
hay que esperar ya ninguna revelación pública antes de la gloriosa manifestación de nuestro
Señor Jesucristo (cf. 1 Tim., 6,14; Tit., 2,13).
La revelación hay que recibirla con fe
5.
5. Cuando Dios revela hay que prestarle "la obediencia de la fe", por la que el hombre
se confía libre y totalmente a Dios prestando "a Dios revelador el homenaje del
entendimiento y de la voluntad", y asistiendo voluntariamente a la revelación hecha por El.
Para profesar esta fe es necesaria la gracia de Dios, que proviene y ayuda, a los auxilios
internos del Espíritu Santo, el cual mueve el corazón y lo convierte a Dios, abre los ojos de la
mente y da "a todos la suavidad en el aceptar y creer la verdad". Y para que la inteligencia de
la revelación sea más profunda, el mismo Espíritu Santo perfecciona constantemente la fe por
medio de sus dones.
Las verdades reveladas
6.
6. Mediante la revelación divina quiso Dios manifestarse a Sí mismo y los eternos
