1965 12 07, Concilium Vaticanum II, Constitutiones Decretaque Omnia, ES (1).pdf

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mansedumbre y de la modestia de Cristo, predicaron la palabra de Dios confiando
plenamente en la fuerza divina de esta palabra para destruir los poderes enemigos de Dios y
llevar a los hombres a la fe y al acatamiento de Cristo. Los Apóstoles, como el Maestro,
reconocieron la legítima autoridad civil: " No hay autoridad que no venga de Dios ", enseña
el Apóstol, que, en consecuencia, manda: " Toda persona esté sometida a las potestades
superiores..., quien resiste a la autoridad, resiste al orden establecido por Dios " ( Rom., 13,
12 ). Y al mismo tiempo no tuvieron miedo de contradecir al poder público, cuando éste se
oponía a la santa voluntad de Dios: " Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres " (
Act., 5, 29 ). Este camino siguieron innumerables mártires y fieles a través de los siglos y en
todo el mundo.
La Iglesia sigue los pasos de Cristo y de los Apóstoles
12.
12. La Iglesia, por consiguiente, fiel a la verdad evangélica, sigue el camino de Cristo
y de los Apóstoles cuando reconoce y promueve la libertad religiosa como conforme a la
dignidad humana y a la revelación de Dios. Conservó y enseñó en el decurso de los tiempos
la doctrina recibida del Maestro y de los Apóstoles. Aunque en la vida del pueblo de Dios,
peregrino a través de los avatares de la historia humana, se ha dado a veces un
comportamiento menos conforme con el espíritu evangélico, e incluso contrario a él, no
obstante siempre se mantuvo la doctrina de la Iglesia de que nadie sea forzado a abrazar la fe.
De este modo el fermento evangélico fue actuando durante largo tiempo en la mente
de los hombres y contribuyó poderosamente a que éstos, en el decurso de los siglos,
percibieran con más amplitud la dignidad de la persona y madurara la persuasión de que, en
materia religiosa, esta dignidad debía conservarse inmune de cualquier coacción humana
dentro de la sociedad.
La libertad de la Iglesia
13.
13. Entre las cosas que pertenecen al bien de la Iglesia, más aún, al bien de la misma
sociedad temporal, y que han de conservarse en todo tiempo y lugar y defenderse contra toda
injusticia, es ciertamente la más importante que la Iglesia disfrute de tanta libertad de acción
cuanta requiera el cuidado de la salvación de los hombres. Porque se trata de una libertad
sagrada, con la que el Unigénito Hijo de Dios, enriqueció a la Iglesia, adquirida con su
sangre. Es en verdad tan propia de la Iglesia que quienes la impugnan obran contra la
voluntad de Dios. La libertad de la Iglesia es un principio fundamental en las relaciones entre
la Iglesia y los poderes públicos y todo el orden civil.
La Iglesia reivindica para sí la libertad en la sociedad humana y delante de cualquier
autoridad pública, puesto que es una autoridad espiritual, constituida por Cristo Señor, a la
que por divino mandato incumbe el deber de ir a todo el mundo y de predicar el Evangelio a
toda criatura. Igualmente reivindica la Iglesia para sí la libertad, en cuanto es una sociedad de
