1965 12 07, Concilium Vaticanum II, Constitutiones Decretaque Omnia, ES (1).pdf

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servicio de gran valor a los hombres, sobre todo de las naciones en vías de desarrollo, para
elevar la dignidad humana y para preparar unas condiciones de vida más favorables. Tomen
parte, además, los fieles cristianos en los esfuerzos de aquellos pueblos que, luchando con el
hambre, la ignorancia y las enfermedades, se esfuerzan en conseguir mejores condiciones de
vida y en afirmar la paz en el mundo. Gusten los fieles de cooperar prudentemente a este
respecto con los trabajos emprendidos por instituciones privadas y públicas, por los
gobiernos, por los organismos internacionales, por diversas comunidades cristianas y por las
religiones no cristianas.
La Iglesia, con todo, no pretende mezclarse de ninguna forma en el régimen de la
comunidad terrena. No reivindica para sí otra autoridad que la de servir, con el favor de Dios,
a los hombres con amor y fidelidad.
Los discípulos de Cristo, unidos íntimamente en su vida y en su trabajo con los
hombres, esperan poder ofrecerles el verdadero testimonio de Cristo, y trabajar por su
salvación, incluso donde no pueden anunciar a Cristo plenamente. Porque no buscan el
progreso y la prosperidad meramente material de los hombres, sino que promueven su
dignidad y unión fraterna, enseñando las verdades religiosas y morales, que Cristo esclareció
con su luz, y con ello preparan gradualmente un acceso más amplio hacia Dios. Con esto se
ayuda a los hombres en la consecución de la salvación por el amor a Dios y al prójimo y
empieza a esclarecerse el misterio de Cristo, en quien apareció el hombre nuevo, creado
según Dios ( Cf. Ef., 4,24 ), y en quien se revela el amor divino.
Art. 2 Predicación del Evangelio y reunión del Pueblo de Dios
Evangelización y conversión
13.
13. Dondequiera que Dios abre la puerta de la palabra para anunciar el misterio de
Cristo a todos los hombres, confiada y constantemente hay que anunciar al Dios vivo y a
Jesucristo enviado por El para salvar a todos, a fin de que los no cristianos abriéndoles el
corazón el Espíritu Santo, creyendo se conviertan libremente al Señor y se unan a El con
sinceridad, quien por ser " camino, verdad y vida" satisface todas sus exigencias espirituales,
más aún, las colma hasta el infinito.
Esta conversión hay que considerarla ciertamente inicial, pero suficiente para que el
hombre perciba que, arrancado del pecado, entra en el misterio del amor de Dios, que lo
llama a iniciar una comunicación personal consigo mismo en Cristo. Puesto que, por la gracia
de Dios, el nuevo convertido emprende un camino espiritual por el que, participando ya por
la fe del misterio de la Muerte y de la Resurrección, pasa del hombre viejo al nuevo hombre
perfecto según Cristo. Trayendo consigo este tránsito un cambio progresivo de sentimientos y
de costumbres, debe manifestarse con sus consecuencias sociales y desarrollarse poco a poco
durante el catecumenado. Siendo el Señor, al que se confía, blanco de contradicción, el nuevo
