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Dios al consagrar nuestra pasión, energías
y dones a la “causa del reino de los cielos”
(Mt 19.12).
Hoy en día, la soltería es poco valorada.
Este es un giro extraño de los acontecimientos ya que en los primeros siglos de
la iglesia, a veces, se fue al otro extremo,
y trataba al matrimonio como algo de
segunda clase. No tiene que haber una
jerarquía espiritual. Tanto el Señor Jesús
como Pablo manifestaron aprecio tanto
por la soltería como por el matrimonio confirmando que eran vocaciones
deseables. Pero en una cultura que da por
sentado la importancia del matrimonio,
necesitamos dar importancia a nuestros
otros dones. Una persona soltera puede
tener la capacidad de vivir una vida más
sencilla y dedicarle tiempo a un número
mayor de personas, o de estar presentes
en esferas más amplias. Además, una persona soltera tiene la oportunidad única de
enseñarnos cómo resistir el concepto idolátrico de que el matrimonio (o cualquier
otra realidad aparte de Dios) nos dará una
vida perfecta.
Muchos solteros, por supuesto, permanecen sin casarse durante un tiempo, y no
tienen un llamamiento de por vida para
seguir a Jesús en ese estado. Sin embargo,
durante esta fase temporal, los solteros
nos permiten ver la gracia en acción.
Cuando la persona soltera no está preocupada por su futuro, sino que tiene la
confianza de que Dios tiene su vida en
sus manos, nosotros también somos desafiados a confiarle a Él nuestras dudas.
Cuando los solteros dan sus recursos
y sus energías, y nos sirven de guía en
cuanto a generosidad y sencillez, escu-
El amor conyugal nos da una
perspectiva de la bondad
de Dios, y el amor de los
solteros nos da otra. Ambos
demuestran visiblemente la
misericordia de Dios.
chamos a Dios llamándonos a unirnos
con ellos en esta valiente fe.
Y todos nosotros, solteros o casados,
podemos recibir de la iglesia el regalo
de la familia, recordándonos que nuestra primera identidad está en la manera
como el Espíritu Santo nos une. Somos
el pueblo de Dios, solteros y casados.
Somos socios en el reino de Dios. l
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