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p or el CA M I N O
M I S I Ó N
DE LA LLUVIA RADIOACTIVA AL
FUEGO DEL INFIERNO
Evangelizar es más que saber qué decir, es también saber cómo amar.
por CHAD THOMAS JOHNSTON
P
asé el verano de 2002 sirviendo como
misionero en Bielorrusia, una ex república
de la Unión Soviética. Estando allí, trabajé en
un campamento para aliviar el sufrimiento
de los niños afectados por el desastre nuclear de
Chernobyl, en Ucrania. A pesar de que la tragedia
ocurrió el 26 de abril de 1986, los niños llevaban
todavía en sus cuerpos los efectos de esa pesadilla
radioactiva. Esto había arruinado por completo sus
vidas, y por eso lo último que necesitaban escuchar
era un sermón aterrador acerca del infierno.
Sin embargo, un pastor predicó uno
de esos mensajes.
Yo acababa de terminar mis estudios
en la universidad, y era profesor de
oratoria en la Universidad, cuando la
Convención Bautista de Missouri (MBC)
me invitó a servir en un campamento en
la ciudad de Kobryn, en el suroeste de
Bielorrusia. Nunca antes había volado,
así que disfruté pensando en lo que sería
elevarse sobre el Atlántico en un avión.
De hecho, confieso que antes de salir de
los Estados Unidos pensé en esta misión
como una exótica vacación en el extranjero mientras tenía la oportunidad de
servir a Cristo.
Además de volar por primera vez, también conocí lo que llaman comúnmente
“un sermón de fuego y azufre”, si teológicamente se le pueden llamar de alguna
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manera. Solo
sé que el mensaje fue más
duro que los
sonidos de la
lengua eslava
que estaba
aprendiendo.
Después de
escuchar sus
palabras, los
campistas
lloraron, más
por miedo que por gratitud a Dios por su
amor desbordante.
Como instructor de oratoria, yo entendía la importancia de la relación entre
un orador y su público. Por lo que pude
ver, este pastor nunca había pensado que
los niños que lo escuchaban ese día ya
estaban familiarizados con una clase de
infierno en este mundo. Sí, eran descendientes de Adán, pero también hijos de
la mayor tragedia humana y ecológica
de todos los tiempos. Al no reconocer
esto, el pastor perdió la oportunidad de
conectarse con los niños de una manera
que pudo haber sido más exitosa para
alcanzar sus corazones.
Durante las siete semanas que pasé
en Bielorrusia, aprendí mucho acerca de
estos pequeños que habían escuchado
el sermón de ese pastor. Un niño, en
