ECFeb14Mag.pdf


Vista previa del archivo PDF ecfeb14mag.pdf


Página 1...15 16 17181948

Vista previa de texto


No es poca cosa que
Jesús instituyera su
Cena alrededor de una
mesa, invitando a sus
discípulos a participar
colectivamente.
pudiéramos llegar a tener comunión
con el Padre. La serpiente nos invita a
comer solos de la fruta prohibida, con la
falsa promesa de que podemos ser como
Dios. Pero Cristo nos invita a que lo
comamos a Él, para que podamos llegar
a ser uno con Dios.
No es poca cosa que el Señor Jesús
instituyera su Cena alrededor de
una mesa, invitando a sus discípulos
—incluso al que estaba perdido— a
participar colectivamente. Él nos pide
que busquemos pasar más tiempo con el
Padre, pero también entre unos y otros.
Esto es lo que está en mi mente
cuando insisto en que mis hijos se
sienten juntos a la mesa del comedor.
Aunque ellos a veces se exasperan por
nuestro ritual, puedo ver que esto les
da más que sustento físico. Puedo decir
esto por la manera como se sienten
atraídos por las historias —los relatos de
mi niñez, las anécdotas de sus vidas y
de cuentos de hadas que esperan que yo
invente en el acto, para ser continuadas
durante los próximos días a la hora de
comer. A veces, me piden que les cuente
historias, y en otras ocasiones son ellos
quienes las cuentan; uno de ellos toma

la iniciativa de narrar una experiencia
que tuvieron juntos, mientras que los
otros intervienen cada cierto número
de palabras para añadir algún detalle
importante o corregir algún error
detectado en el relato.
En nuestra mesa consumimos
no solamente comida, sino además
palabras, por eso no puedo evitar
notar el paralelismo con la Santa
Cena (o Cena del Señor), en la que
nosotros los cristianos comemos
no solo pan y vino, sino también la
Palabra misma (Jn 1.1-5; 6.56). Los
siervos de Dios que forman parte de
nuestras vidas imparten bendiciones y
oran por nosotros, vierten palabras de
gozo y nos dan consejos cuando nos
acercamos para ser alimentados por
ellos en cuerpo y espíritu.
Lo mismo deseo que ocurra en la
mesa de mi hogar. Después de todo,
una manera de conducir a estos
pequeños a Dios es ayudándolos a
ver la santidad en torno nuestro, la
santidad que Dios ha puesto dentro de
nosotros. Por eso, trato de hacer que
nuestro tiempo de la comida sea más
santo, más separado de los pecados y
las distracciones del mundo.
Puede ser que “santidad” no sea
la primera palabra que cruce por
su mente si ve a mis cuatro hijos
varones comiendo ruidosamente y
hablando todos al mismo tiempo,
y hasta algunas veces cayéndose
de sus sillas. Pero, por otro lado, es
posible que así sean las comidas que
tendremos en el cielo por la eternidad:
abundantes, rodeados por seres
queridos y sonrientes por tener un
Padre Celestial que desea estar cerca
de nosotros y que nos ama más de lo
que podemos imaginar. l
ENCONTACTO.ORG

17