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p or el CA M I N O

N

o guardo muchos recuerdos de mi
infancia comiendo con mi familia a la
mesa. Mi padre ya nos había dejado
antes de que comenzaran mis recuerdos,
y el padrastro que vino después estaba
ausente con frecuencia, ya fuera trabajando
lejos de casa o viendo TV en otra habitación.
Es tal vez por esto que mis hijos tienen un
padre que insiste en que comamos juntos
siempre que sea posible.
Por esa razón insisto siempre
que cada uno de ellos permanezca
en la mesa hasta que la comida y
la conversación terminen. Algunas
veces, especialmente cuando las
actividades y las distracciones han
estado presionándonos más de lo
normal, se quejan de mi norma. Pero
es cuando somos
halados en direcciones
diferentes, que soy más
insistente. El mundo
está amenazando
constantemente con
separar a nuestras
familias, y muchas veces
nosotros cooperamos
con él.
Tal vez vi muchos
episodios de La
pequeña casa de la
pradera. Los veía con
ansias, anhelando poder
sentarme a la mesa
del comedor de la pequeña cabaña,
entre Mary y Laura, y deseando que
Pa fuera mi papá. O quizás algo que
Dios infundió en nosotros nos atrae al
compañerismo de la mesa.
Fue el comer separados, si usted
piensa en ello, lo que arruinó a Adán
y Eva y, por consiguiente, a nosotros.

16 F E B R E R O 2 0 1 4 E N C O N T A C T O

El engañador le
ofreció a Eva la
fruta prohibida,
y ella decidió
comerla sola.
Sabemos por
la Sagrada
Escritura (Gn
3.6) que aunque
Adán estaba con
ella, no habló.
Esto significa
literalmente que estaba allí mirando
en silencio. ¿Qué habría pasado si
hubiera intervenido o si ella hubiera
pensando en pedirle su opinión? ¿Qué
habría pasado si hubieran reflexionado
en cuanto a esta comida juntos,
comprometidos como estaban ellos
entre sí?
Tal vez nada
habría sido diferente;
la historia de la
humanidad demuestra,
una y otra vez, que
somos capaces de
hacer el mal cuando
actuamos de común
acuerdo. Cada vez que
pienso que las personas
deben comer juntas,
como una familia,
en vez de devorar su
comida por separado,
pienso en Adán y
Eva, divididos por la
serpiente y participando de manera
individual de lo que debieron haber
rechazado juntos.
La serpiente ofreció una comida
dividida y esa es precisamente una de
las muchas maneras en que nos tienta
a desobedecer a nuestro Dios. Cristo
se vertió a sí mismo para que nosotros