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Que son los inteligentes quienes han fijado un precio tan grande a las concepciones de sus cerebros,
y que si hubieran sido los fuertes quienes hubieran ajustado competivamente las cosas, sin duda
hubieran establecido que el mérito de los brazos valía el de la cabeza, y que la fatiga de todo el
cuerpo podía ponerse en compensación con la de la parte rumiante.
Que sin esta igualación establecida, se da a los más inteligentes, a los más industriosos, una patente
de acaparación, un título para despojar impunemente a aquellos que lo son menos.
Que es así como se ha destruido, volcado en el estado social, el equilibrio del bienestar, porque nada
está tan confirmado como nuestra gran máxima: que no se llega a poseer demasiado, más que
haciendo que otros no posean lo suficiente.
Que todas nuestras instituciones civiles, nuestras transacciones recíprocas no son más que los actos
de un perpetuo bandidaje, autorizado por absurdas y bárbaras leyes, a la sombra de las cuales no nos
hemos ocupado más que de inter-despojarnos.
Que nuestra sociedad de bribones entraña, siguiendo estas atroces convenciones primordiales, toda
clase de vicios, de crímenes y de desgracias contra los cuales algunos hombres de bien se unen en
vano para hacer es la guerra, que no pueden hacer triunfar porque no atacan el mal en su raíz y
porque no aplican más que paliativos extraídos de la reserva de las falsas ideas de nuestra
depravación orgánica.
Que es claro, por todo lo que precede, que cuanto poseen los que tienen más allá de su cuota-parte
individual en los bienes de la sociedad, es robo y usurpación.
Que es, pues, justicia tomárselo de nuevo.
Que aquel que probara que, por el solo efecto de sus fuerzas naturales, es capaz de hacer igual que
cuatro, y que, en consecuencia exigiese la retribución de cuatro, sería también un conspirador contra
la sociedad, porque haría vacilar el equilibrio tan sólo por este medio, y destruiría la preciosa
igualdad.
Que la cordura ordena imperiosamente a todos los co-asociados reprimir a tal hombre, perseguido
como una calamidad social, reducido, al menos, a que no pueda hacer más que la tarea de un solo
hombre, para que no pueda exigir más que una recompensa.
Que es únicamente nuestra especie la que ha introducido esta locura mortal de distribución de
mérito y de valor, y que únicamente ella conoce la desgracia y las privaciones.
Que no debe existir la privación de las cosas que la naturaleza da a todos, produce para todos, si no
se trata de consecuencias de accidentes inevitables de la naturaleza, y, en cuyo caso, tales
privaciones deben ser soportadas y repartidas igualmente entre todos.
Que la producción de la industria y del genio devenga también propiedad de todos, dominio de la
asociación entera, desde el momento mismo en que los inventores y los trabajadores les han dado
vida; porque no son más que una compensación de las precedentes invenciones del genio y de la
industria, de las cuales estos inventores y estos trabajadores nuevos se han aprovechado en la vida
social, y que les han ayudado en sus descubrimientos.
Que, ya que los conocimientos adquiridos son del dominio de todos, deben, pues, ser igualmente
repartidos entre todos.
Que una verdad, impugnada con despropósito por la mala fe, el prejuicio o la irreflexión, es este
reparto igual de los conocimientos entre todos, que volvería a situar a todos los hombres en un
estado casi de igualdad en capacidad e incluso en talento.
Que la educación es una monstruosidad, cuando es desigual, cuando es patrimonio exclusivo de una
parte de la asociación; ya que entonces se transforma, en manos de esta parte, en un cúmulo de
máquinas, una provisión de armas de todas clases, con la ayuda de las cuales esta primera parte
combate contra la otra que se halla desarmada, y en consecuencia, consigue, fácilmente dominada,
engañarla, despojada, esclavizada bajo las más vergonzosas cadenas.