Babeuf Manifiesto de los plebeyos.pdf

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Que no hay verdad más importante que la que ya hemos citado, y que un filósofo ha proclamado en
estos términos: hablad tanto como queráis sobre la mejor forma de gobierno, nada habréis hecho
mientras no hayáis destruido los gérmenes de la codicia y de la ambición.
Que es necesario, pues, que las instituciones sociales lleven a dicho punto, que quiten a todos los
individuos la esperanza de devenir jamás ni más ricos, ni más potentes, ni más distinguidos por sus
luces, que ningún otro de sus iguales.
Que es necesario, para precisar más la cuestión, llegar a encadenar la suerte; hacer que cada coasociado sea independiente de las posibilidades y de las circunstancias felices o desgraciadas;
asegurar a cada uno y a su posteridad, tan numerosa como sea, lo suficiente, pero nada más que lo
suficiente; y a cerrar para todos, todas las posibles vías de obtener por encima de la cuota-parte
individual en los productos de la naturaleza y del trabajo.
Que el único medio de llegar a tal punto es establecer la administración común; suprimir la
propiedad particular; vincular a cada hombre al talento, a la industria que conoce, obligarle a
depositar el fruto en especies en el almacén común; y establecer una simple administración de
distribución, una administración de subsistencias, que lleve el registro de todos los individuos y de
todas las cosas, y haga repartir estas últimas con la más escrupulosa igualdad, y las deposite en el
domicilio de cada ciudadano.
Que este gobierno, cuya existencia se ha demostrado practicable por la experiencia, pues es el que
se aplica al millón doscientos mil hombres de nuestros doce ejércitos (lo que es posible en
pequeñolo es en grande); que este gobierno es el único del que puede salir la felicidad universal,
inalterable, sin mezclas; la felicidad común, finalidad de la sociedad.
Que este gobierno hará desaparecer los límites, barreras, muros, cerraduras de las puertas, las
disputas, los procesos, los robos, los asesinatos, todos los crímenes; los tribunales, las cárceles, las
horcas, las penas, la desesperación que causan todas estas calamidades; la envidia, los celos, la
insaciabilidad, el orgullo, el engaño, la hipocresía, en fin todos los vicios; más aún (y este punto es
quizá el esencial), el gusano roedor de la inquietud general, particular, perpetua de cada uno, sobre
nuestra suerte del mañana, del mes, del año siguiente, de nuestra vejez, de nuestros hijos y de los
hijos de éstos.
Tal es el sumario preciso de este terrible Manifiesto que ofreceremos a la masa oprimida del Pueblo
francés, y del que le proporcionamos el primer esbozo para que tenga una idea anticipada. ¡Pueblo!
Despiértate en la esperanza, deja de estar adormecido y descorazonado... Dilata el ánimo a la vista
de un porvenir feliz. ¡Amigos del rey! abandonad la idea de que los males con los que habéis
agobiado a este pueblo, puedan someterle definitivamente al yugo de uno solo. Y vosotros,
¡patricios! ¡ricos! ¡tiranos republicanos! renunciad igualmente, y todos al tiempo, a vuestras
especulaciones opresivas sobre esta nación, que no ha olvidado totalmente sus juramentos a la
libertad. Una perspectiva más sonriente que todo lo que vosotros les ponéis por señuelo, se ofrece a
sus miradas. ¡Culpables dominadores! en el momento en que creéis que sin peligro podréis someter
con vuestro brazo de hierro a este pueblo virtuoso, él os hará sentir su superioridad, se liberará de
todas vuestras usurpaciones y de vuestras cadenas, recobrará sus derechos primitivos y sagrados.
Desde hace demasiado tiempo le estáis insultando en su agonía...
“El pueblo -decís- no tiene vigor: sufre y muere sin atreverse a quejarse.” Los fastos de la república
no se verán manchados por tal humillación. El nombre de francés no pasará a la posterioridad
acompañado de tal envilecimiento. ¡Que este escrito sea la señal, sea el relámpago que reanime y
revifique todo lo que antes fue calor y coraje! ¡Cuánto ardió con llama deslumbradora por el bien
público y la total independencia! ¡Que en ella venga el pueblo a tomar la verdadera y primera idea
de igualdad! Que estas palabras: igualdad, iguales, plebeyismo, sean las palabras que unan a todos
los amigos del pueblo. Que el pueblo ponga de nuevo en discusión todos los grandes principios;
¡que comience el combate sobre el famoso capítulo de esta igualdad propiamente dicha, y sobre el
de la propiedad! ¡Que esta vez goce precisamente de la moral, y que le inflame con fuego continuo
hasta la total consumación de su obra! Que derribe todas las viejas instituciones bárbaras, y que
