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"Taba rico el tecito mi amor, nos vamos a
la durma?, mira que mañana tengo que
estar tempranito en el consultorio con el
Luchito". Juanita agradecía al Juancho,
por la choca en tachos hechos de latas de
conserva. Quizás para el resto de los
mortales de la ciudad, eso no sería una
once de día domingo, pero para ellos,
donde el dinero no abunda, es todo un lujo
y lo disfrutan. Lo importante es el estar
juntos, su amor no tiene barreras.
Rasgando su guitarra con furia inusual,
entona su descontento. Cabeza en alto y
ojos cerrados, imagina un escenario y
audiencia al borde del éxtasis...Joven, no
puede cantar acá...Hasta ahí su concierto
de hoy. El pasillo de la estación del metro,
se materializa nuevamente ante sus ojos.
Miguel de tres años, acurrucado a María,
que finge ser su madre. Ella pide "moneas"
para el niño.
Estiró la mano y se tragó su orgullo.
Con sus manos negras, llenas de betún
impregnado tras años de oficio, abrazó a
su hijo, tomó el diploma y posó orgulloso
para la foto.
Mientras levanta la picota, sueña con su
hijo. Fue la mejor noticia que alguna vez
haya recibido.
Luchito le decían, luchito se sentía. Alguna
vez quiso ser Luis.
Aquel que no pasó hambre, con que
derecho goza del disfrute de saberse lleno?
No se saca mucho con reclamar contra
los políticos, se decía así misma doña Flor,
estos weones sólo trabajan pa ellos y su
familia...don Ernesto que la oía a otro
extremo del taller de costura le
dijo...nosotros también pué doña Flor... Es
verdad dijo ella, y le replicó. Pero yo no
trabajo cagando así resto, en beneficio de
los míos. Ese día don Ernesto decidió
unirse al sindicato.
Mirando la televisión,
preguntaba...dónde estoy?
se
Mientras ardían los neumáticos, esos
jóvenes entonaban cánticos y gritos
conmemorativos de una realidad que no
fue parte de su pasado. Pero la gracia
estaba en escupir sus rabias a un país
que les enrostraba éxitos y avances...pero
para otros.
Esa mañana José se despidió de su familia
y se encaminó a su trabajo, nunca
volverían a verse. 40 años después Gloria
aún lo espera y extraña.
Mirando el horizonte cayó en cuenta, su
mundo no llegaba más allá de donde su
mirada alcanzaba.
La miró fijo, a los ojos. Desplegando todo
su encanto, lentamente se acercó. Se
detuvo a un metro, levanto una ceja y botó
el cigarro al piso. La miro de cabeza a
pies. Rítmicamente se aproximó y sin
despegar la vista de sus ojos, pasó a su
lado enarbolando el pañuelo y manos en
la solapa. Vuelta!
Con un chasquido su deseo fue realidad.
Lo había oído.
Al son de una cumbia, pero de las buenas,
movía sin pudor alguno su aporreado
cuerpo.
