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Con aires de estrella, y afectada indiferencia, bajé hacia el público durante el intermedio,
escogiendo un asiento en la luneta desde donde podía ser visto fácilmente por el Director y su
Asistente, con la esperanza de que me llamarían y harían un comentario favorable. Las
candilejas se encendieron, el telón se levantó, y al instante una de las estudiantes, María
Maloletkova, bajó en un vuelo algunos escalones. Cayó al suelo acongojada y gritando: “j Oh,
socorredme!”, de modo tal que me hizo estremecer. Después se levantó y recitó algunas líneas,
pero tan rápidamente que era imposible comprenderlas. Luego, en medio de una palabra, como
si hubiera olvidado su parte, se detuvo, se cubrió la cara con las manos, y repentinamente hizo
mutis. A poco, volvió a bajar el telón, pero en mis oídos aun repercutía aquel grito. Una entrada,
una palabra, y el sentimiento se desbordaba. El Director, me pareció a mí, estaba electrizado.
Pero ¿no habla hecho yo lo mismo con aquella única frase: “Sangre, Yago, sangre!”, cuando
dominé a todo el público?
CAPITULO 2
Cuando la Actuación es un Arte
1
Se nos reunió hoy a todos para hacernos saber la opinión del Director acerca de la función de
prueba. Y él dijo:
—Sobre todo, hay que buscar lo mejor en el arte y tratar de entenderlo. Así, comenzaremos por
discutir los elementos positivos de la prueba. Hubo sólo dos momentos dignos de notarse: el
primero, cuando María se arrojó con su grito desesperado: “¡Oh, socorredme!” y el segundo,
menos breve, cuando Kostya Nazvanov dijo: “¡Sangre, Yago, sangre!” En ambos casos, ustedes
que actuaban, y nosotros que les observábamos, nos entregamos mutuamente y por completo a
lo que sucedía en escena. Tales afortunados momentos, por si mismos, pueden ser reconocidos
como pertenecientes al arte de vivir una parte.
—¿Y qué arte es ése? —pregunté.
—Lo experimentó usted por sí mismo. Suponga que nos cuenta lo que sintió.
—No lo sé, ni lo recuerdo —musité, confundido por el elogio de Tortsov.
—¿Qué? ¿No recuerda usted su conmoción interna? ¿No recuerda que sus manos, sus ojos,
todo su cuerpo trataban de posesionarse de algo, y no recuerda cómo mordía sus labios y
apenas contenía las lágrimas?
—Ahora que usted me lo dice, creo recordarlo —confesé.
—Pero sin decírselo yo, ¿usted no hubiera sabido, ni comprendido, la manera en que sus
sentimientos encontraron expresión?
—No. Admito que no.
—¿Actuaba usted, entonces, subconscientemente, intuitivamente? —concluyó.
—Quizá. No lo sé. Pero ¿eso es bueno o es malo?
—Muy bueno, si su intuición le lleva por el camino debido, y muy malo, si se equivoca —explicó
Tortsov—. Durante su actuación no le engañó y lo que nos ofreció usted en esos breves
momentos fue excelente.
