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Pero cuando salí al escenario, me confundí con los cambios hechos en la disposición de los
muebles: un sillón de brazos me pareció inútilmente movido de junto a una pared hasta casi en
medio de la escena, y la mesa quedaba demasiado al frente. Me sentía como si se me pusiera
en exhibición, y precisamente en el lugar más notable. Dominándome, caminaba de arriba abajo
por el escenario, sin soltar mi daga de entre los pliegues de la túnica. Pero nada me libraba de
una continua movilidad, de la entrega automática de mis líneas. A pesar de todo, me parecía que
debía llegar hasta el final de la escena, y no obstante, cuando llegué al momento culminante, el
pensamiento relampagueó en mi mente: “Ahora, aquí me atasco”. Me dominó el pánico, y, en
efecto, me callé. No sé todavía qué fue lo que me hizo volver automáticamente a seguir; pero
una vez más me salvó. Sólo tenía un pensamiento: terminar lo más pronto posible, quitarme el
maquillaje, y salir del teatro.
Y aquí estoy, en casa, solo, y sintiéndome el más infeliz de los hombres. Afortunadamente, Leo
vino a darse una vuelta. Me había visto en la sala, y quería saber lo que pensaba de su
actuación, pero nada pude decirle, porque no obstante que le había observado cuando hizo su
escena, de nada me di cuenta, pues entonces estaba esperando mi turno y sólo eso me
preocupaba.
Habló con familiaridad de Otelo, de la obra y el personaje. Estuvo especialmente interesante su
explicación de la pena, el choque, el asombro del Moro ante la idea de que tanta maldad pudiera
existir bajo la adorable forma de Desdémona.
Cuando Leo se fue, traté de repasar algunas partes del papel, de acuerdo con su interpretación,
y casi lloré, lo confieso: tanto compadecí a Otelo.
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La función de prueba es hoy. Creí saber de antemano lo que iba a suceder. Me sentía lleno de
una absoluta indiferencia hasta que llegué a mi camerino. Pero una vez dentro, mi corazón
empezó a golpear en el pecho, y me sentí casi con náuseas.
En el escenario lo primero que me confundió fue la extraordinaria solemnidad, la calma y el
orden reinantes. Cuando pasé de la oscuridad de entre cajas a la completa iluminación de las
candilejas, de las diablas y los reflectores, me sentí cegado. El brillo era tan intenso, que parecía
formar una cortina de luz entre la sala y yo. Me sentí protegido respecto al público; por un
momento respiré a mis anchas. Pero bien pronto mis ojos se acostumbraron a la luz y pude ver
en la oscuridad, penetrarla. Y el miedo y la atracción hacia el público me parecieron más fuertes
que nunca. Yo estaba dispuesto a entregarme, a volcar y dar de mí mismo cuanto tenía; sin
embargo, dentro de mí me sentía vacío como nunca. El esfuerzo que hice para extraer de mi una
mayor emoción que la que sentía, la impotencia para lograr lo imposible, me llenaron de tal
miedo que mis manos y mi cabeza se inmovilizaron, se volvieron de piedra. Todas mis energías
se gastaban en infructuosos y forzados empeños. Mi garganta se estrechaba, mi voz me sonaba
siempre aguda. Mis manos y pies, la mímica y el hablar, todo se volvió forzado, violento. Me
sentía avergonzado de cada palabra, de cada ademán. Abochornado, hube de asir fuertemente
con mis manos los brazos del sillón y me recargué contra el respaldo. Fracasaba, y en mi
desamparo, de pronto, me poseyó el furor. Durante unos minutos estuve fuera de mi. Lancé la
famosa línea: “Sangre, Yago, sangre!” Sentí en estas palabras todo el dolor, la hiriente
decepción del alma de un hombre confiado. La interpretación que Leo dio a Otelo, de pronto me
vino a la memoria y despertó mi emoción. Además, casi me pareció que por un momento ponía
en tensión a los espectadores, y que a través de la sala corría un rumor.
Al instante de percibir tal aprobación, una extraña energía bulló en mí. No puedo recordar cómo
terminé la escena, porque las candilejas y el negro espacio desaparecieron de mi conciencia, y
me sentí libre de todo temor. Recuerdo que Paul se sorprendió primero del cambio operado en
mí, luego se sintió contagiado, y se entregó a su actuación. El telón descendió; afuera, en la
sala, se escuchó el aplauso, y yo me sentí pleno de confianza en mí mismo.