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—¿Verdaderamente lo fue? —pregunté.
—Sí. Porque lo mejor que puede suceder es que el actor se deje llevar completamente por la
obra. Entonces, sin que importe a su voluntad, aun no queriéndolo, vive su parte, sin darse
cuenta de cómo siente, sin pensar en qué hace, y todo marcha por su propio acuerdo, intuitiva,
subconscientemente. Salvini decía: “Un gran actor debería estar completamente dotado de
sensibilidad, y debería, especialmente, sentir lo que interpreta. Debe sentir la emoción no
solamente una y otra vez mientras estudia su parte, sino en mayor o menor grado cada vez que
actúa, no importa que sea esa la primera o la milésima vez. Desgraciadamente —siguió
Tortsov— esto no está dentro de nuestro control. Nuestro subconsciente es inaccesible a nuestra
conciencia. No podemos penetrar en ese dominio. Si por algún motivo penetramos en él,
entonces el subconsciente se torna consciente y muere.
“El resultado es un predicamento: se supone que creamos por inspiración, y sólo nuestro
subconsciente nos la da. Y por otra parte, aparentemente sólo podemos emplear esta fuerza del
subconsciente a través de la conciencia, que la destruye.
“Afortunadamente, hay otro camino: encontramos la solución de un modo indirecto. En el alma
humana hay ciertos elementos sujetos a la conciencia y a la voluntad. Estos, que son accesibles,
son también aptos, a su vez, para actuar en un proceso psíquico que es involuntario.
“Seguramente, esto precisa una labor de creación en extremo complicada, que es conducida, en
parte, bajo el control de la conciencia, pero que, en otra parte mucho mayor, es subconsciente e
involuntaria.
“Para despertar el subconsciente a la labor creadora hay una técnica especial. Debe dejarse
todo lo que es, en el más amplio sentido, subconsciente a la naturaleza, y dirigirnos por nosotros
mismos a aquello que está en los límites de nuestro alcance. Cuando el subconsciente, cuando
la intuición entran en nuestra labor, debemos saber cómo no interferirla.
“No se puede crear siempre subconscientemente y sólo por inspiración. No existe tal genio en el
mundo. Es por eso que nuestro arte nos enseña primero que nada a crear consciente y
debidamente, porque esto constituye la preparación mejor para el florecimiento del
subconsciente, que es inspiración. Mientras más sean los momentos de creación consciente en
una parte o en un rol, mayor ocasión habrá para que fluya la inspiración. “Usted puede actuar
bien o mal; lo importante es que actúe verdaderamente”, escribió Shchepkin a su discípulo
Shumski.
“Y actuar verdaderamente significa ser lógico, coherente, pensar, esforzarse, sentir y obrar de
acuerdo con su papel.
“Si ustedes toman estos procesos internos y los adaptan a la vida espiritual y física de la persona
que representan, podemos decir que viven su parte. Esto es de suma importancia en la labor
creadora. Además del hecho de que abre vías a la inspiración, vivir la parte ayuda al actor a
alcanzar uno de sus principales objetivos. Su tarea no es representar meramente la vida externa
de un personaje. Debe adaptar sus propias cualidades humanas a la vida de esa otra persona y
poner en ello toda su propia alma.
“El objetivo fundamental de nuestro arte es la creación de esta vida interna de un espíritu
humano, y su expresión en forma artística.
“He aquí por qué empezamos por considerar el aspecto interno de un rol, y cómo crear su vida
espiritual a través de la ayuda del proceso interno por el que vivimos la parte. Ustedes deben
vivirla realmente experimentando sentimientos análogos a ella, cada una y todas las veces que
repitan el proceso de crearla.
—¿Por qué el subconsciente depende de esa manera del consciente? —pregunté.
