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será la de mañana? ¿Se me ha acabado la imaginación, o no tengo en ella reservas de qué
echar mano? ¿Por qué mi labor al principio se deslizaba tan fácil y ligeramente, y luego tenía que
detenerme en algún punto? Mientras pensaba en todo esto, algunas personas se reunieron en el
cuarto vecino a tomar el té, y, a fin de no distraer mi atención, me instalé en un sitio diferente de
mi habitación, procurando decir mis líneas tan suavemente como fuera posible, a modo de no ser
oído.
Para sorpresa mía, sólo estos pequeños cambios transformaron la disposición de mi ánimo.
Había descubierto un secreto: no permanecer mucho en un punto repitiendo siempre lo
demasiado familiar.
4
En el ensayo de hoy, precisamente al principio, empecé a improvisar. En lugar de caminar, me
senté en una silla, y actué sin mímica, ni movimientos, ni visajes, ni ojos en blanco. ¿Qué
sucedió? De inmediato me confundí, olvidando el texto y las entonaciones que acostumbraba
darle. Me detuve. No había nada qué hacer, sino volver a mi antiguo método, al viejo
procedimiento. Como no controlaba mis métodos, era controlado por ellos.
5
El ensayo de hoy no tuvo novedad alguna. Sin embargo, cada vez me acostumbro más al lugar
donde trabajamos, y a la obra. Al principio, mi método de encarnar al Moro no concordaba en
absoluto con el Yago de Paul. Hoy pareció que ya lograba yo una mejor adaptación entre su
trabajo y el mío, en las escenas que tenemos juntos. De cualquier modo, siento que las
discrepancias son menos definitivas.
6
Hoy nuestro ensayo se hizo en el escenario mismo. Yo contaba con el efecto de su atmósfera,
¿y qué sucedió? En lugar del brillo de las candilejas, y el alboroto de los laterales llenos de toda
clase de accesorios de utilería y escenografía, me encontré en un lugar apenas iluminado y
desierto. El gran escenario permanecía totalmente abierto y desnudo. Solamente cerca de las
candilejas había unas cuantas sillas de madera, puestas allí para figurar nuestro improvisado set.
A la derecha había una vara de luces. Apenas había pisado yo las tablas cuando apareció frente
a mí la inmensa apertura del arco del proscenio; más allá, quedaba una extensión infinita y
oscura, neblinosa. Fue ésta mi primera impresión de la escena desde un foro.
“¡Comience!”, exclamó alguien.
Se suponía que yo estaba en la habitación de Otelo, figurada por las sillas, y que debía tomar mi
sitio. Me senté en una de aquéllas, pero no era la indicada. No pude siquiera reconocer el plan
de nuestro set. Pasó el tiempo y yo no podía adaptarme, ni tampoco concentrar mi atención a lo
que sucedía a mi alrededor. Me pareció difícil hasta mirar a Paul, que estaba de pie a mi
derecha, junto a mí. Mi mirada pasó de él a la sala, y luego atrás, al foro, hasta los camerinos y
el espacio donde la gente cruzaba, llevando cosas, discutiendo, golpeando.
Lo sorprendente era que continuaba yo hablando y actuando mecánicamente. Si no hubiera sido
por mi larga práctica en casa, que había acumulado en mí ciertos hábitos, me hubiera detenido a
las primeras líneas.
7
Hoy tuvimos el segundo ensayo en el escenario. Llegué temprano, decidido a prepararme
debidamente en el mismo foro, que hoy apareció por completo diferente a como estaba ayer. La
actividad allí era intensa, al disponerse el escenario y la utilería. Hubiera sido inútil, entre todo
aquel caos, tratar de encontrar la tranquilidad a que estaba acostumbrado en casa, para estudiar
mi papel. Así, lo primero de todo era la necesidad de adaptarme al nuevo ambiente. Salí hasta el
